Los caminos no vistos

Reflexión sobre la belleza (Cuatro de seis)

De esa percepción mundana de la que vengo hablando surge la belleza como concepto, la belleza idealizada primero por los griegos y llevada a su más elevada forma de abstracción por el pensamiento católico en la pureza de la Virgen María, atacada posteriormente por poetas y pintores del Renacimiento.

Sin lugar a dudas, la belleza es un impacto a los sentidos. Es resultado de la percepción de la totalidad de un objeto –persona, animal, cosa o fenómeno en un momento temporoespacial que queda como trasfondo en el que se resalta el objeto bello.

Hoy es imposible concebir ideas tan primitivas como las que he mencionado anteriormente sin que el imaginario se vea conmocionado: hay muchas ideas religiosas que obnubilan la percepción de los hechos.

La teoría que hoy domina toda la actividad de grupos de personas que han ingresado al círculo de lo que bien podríamos llamar la Nobleza de los Títulos Académicos se impone sobre todo lo que realmente es el hombre como parte del reino animal.

Finalmente el hombre como especie ha dominado a la Naturaleza; no hay ningún fenómeno que no pueda ser controlado por los conocimientos generados por la contraposición entre el hombre y su medio.

De allí que ahora la actividad de algunos se enfoque en evitar que el hombre termine con ella, su medio medioambiente.

Así llegamos a la exquisitez que sólo puede generar el miedo, y que se sostiene en razón de la pérdida de la conciencia histórica que también hoy es dominante.

Un profesor de historia señalaba que el hombre del siglo XX ha causado más muertes que las habidas durante las dos guerras mundiales y que las guerras de enjambre no se detienen porque no existe el miedo de la extinción de la especie humana.

Esta aseveración es el corolario de la seguridad del hombre en sus instintos, sublimizados por la idea de "humanidad", que contiene la certeza de que aunque mueran millones de individuos la humanidad nunca se acabará.

Esta unidad conceptual que engloba a todas las razas y etnias conforma la seguridad de permanencia que hoy enceguece a todos.

En ese segundo plano, la belleza como abstracción con su exquisitez ideal, kantiana, es inextinguible. A nadie se le ocurre que pueda destruirse, aunque siempre se confronte con su contrario: la fealdad.

También cabe aclarar que la belleza, como toda manifestación del arte, es independiente de la moral y de la patología, aunque su presencia produzca en el observador una catarsis que lo libera, en el acto mismo de la contemplación, de sus miedos y sus condicionamientos.

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