Los caminos no vistos

Reflexión sobre la belleza 02 (Dos de seis)

No hay una explicación racional para tal hallazgo. Llamarle amor y luego explicar qué es ese sentimiento, o describir las técnicas de la conquista amorosa de una mujer, o explicar por qué unas mujeres atraen y otras no, es ingresar al mundo de la cultura, un mundo de tergiversaciones que conforman, dan forma, amoldan, al instinto y al objeto del instinto.

Las piernas, las caderas, los pechos, los hombros, el cuello, el rostro, y allí precisamente, en ese punto nodal, confluye todo, allí se encuentra el punto de contacto entre el cazador y su objeto, entre el ensueño y la realidad.

Cuando uno mira y se mira en el campo biológico no hay diferencia entre el hombre con animal alguno. Un hombre es un semoviente. Tal relación facilita las metáforas entre él y el reino animal: es un burro, un tigre, una golondrina; el hombre es el lobo del hombre y un largo etcétera.

Y así como se han establecido clasificaciones del tipo animal, se hicieron del tipo humano, sólo que el pensamiento religioso, que atribuye al hombre cualidades ubicadas en un no-lugar, en el pensamiento aunque en la realidad no existen, intervino para acotarlas primero y luego deshacerse de ellas.

Estas atribuciones eliminaron la visión biológica del hombre y lo encumbraron en la creencia de que es un ser racional sólo porque, de acuerdo a lo que se ha creído, es el único en la escala biológica que tiene conciencia de sí mismo o, como se dice, es el único que sabe que sabe.

A ese saber que se sabe, a ese pensamiento reflexivo, se le ha llamado "conciencia" y ha sido la característica que se ha considerado distintiva del hombre: sólo el hombre tiene conciencia.

La conciencia tiene una base fundamental, su silla turca: la memoria.

Sin memoria no hay conciencia, pero la memoria, que es un conjunto de recuerdos racionales y emocionales, crea de manera adyacente, influida por la cultura en general y el pensamiento religioso en particular, la responsabilidad moral que, definitivamente, aleja al hombre del instinto y lo embarca en el mundo de la culpa y la mentira.

En el mundo de la cultura, el instinto queda soterrado y deformado para mantener las relaciones sociales, el contacto social al que apelaba Rousseau, y de esa manera el hombre desaparece en el plano de la biología.

La biología es la base fundamental del humano, ahora echada a un lado porque en la biología está el sexo, que no es otra cosa que el instinto de la conservación de la especie.