Los caminos no vistos

Reflexión sobre la belleza (Primera parte)

Uno no pude dejar de verle las piernas firmes, elásticas, bien torneadas –"como una botella de Coca-cola", diría El Coronel a una joven y no seguir el recorrido vertical, de la tierra al cielo, hasta toparse con una caderas anchas, planas como un bahía, y luego unos pechos generosos –"si caben en tus manos y descansan en ellas su peso blando y fresco son perfectos", unos hombros redondos y un cuello que tiene la longitud de las manos, quizás un poco más, y una cara ovalada, las orejas medianas, labios delgados, nariz afilada y una luz en los ojos que te cortan por un momento el aliento.

A veces me pregunto si la belleza no es otra cosa que el instinto de conservación de la especie enfocado en una mujer, sublimado por los prejuicios sociales y ahí viene Freud con sus ideas de represión, sublimación, desviación, que son la base de la cultura y de la falta de evolución biológica humana, del estancamiento en el que vivimos desde los griegos, troquelada después de la II Guerra Mundial.

Si el bruto de Platón no hubiera dado esa explicación absurda de los dos mundos, ni Agustín de Hipona hubiera reforzado esa idea enfocándola a Dios y a su hijo único, la vida sería otra, y no tendríamos ni qué habernos escondido de nuestra condición biológica ni haberla velado de tal manera que con el paso del tiempo se nos hiciera invisible.

La belleza es instintiva. El objeto bello esun objeto de atracción y es utilitario en el sentido de que sirve a un fin.

A su vez, el hombre es un buscador –un cazador tras la presa, alguien que va tras algo que de alguna manera conoce –la sombra del objeto, pero no lo tiene configurado. Por ese conocimiento velado, que tomará forma sólo cuando reconozca al objeto buscado, se mantendrá en una cacería.

Cuando uno le mira las piernas a una mujer y luego las caderas y los pechos algo salta, despierta, se alerta, en el hipotálamo, algo que no es otra cosa que el instinto de conservación de la especie.

Piernas fuertes para cargar a las crías, caderas anchas para que nazcan sin la mayor dificultad, pechos generosos para amamantarlos, elementos suficientes para declararla bella, hermosa, atractiva, sexy, y cargarle todos los adjetivos que connoten belleza.

Ver a una mujer con esas características es encontrar un tesoro, cumplir con esa empresa del cazador que finalmente ha encontrado lo que desde el inconsciente buscaba, y lo ha hallado porque, aunque conscientemente no lo entienda, la reconoce.