Los caminos no vistos

Reconociendo a Octavio Paz

En 1972 cayó en mis manos La Centena, una antología de Octavio Paz publicada por Barral editores en 1969. 266 páginas con poemas de los cinco libros que hasta ese momento había publicado.

Libertad bajo palabra, Salamandra, Ladera Este, Topoemas y Discos Visuales. La poesía de Paz era una poesía que parecía que aún no tomaba vuelo, aunque ya estaban algunos de sus textos que iban a permanecer y en los cuales se  iba a anclar para mantener una voz que permaneciera.

Paz, realmente no era en ese momento un poeta; no como lo eran ya García Lorca, Rafael Alberti o su tan querido Luis Cernuda.

Paz era, más bien, político. Su actividad se enfocaba en participar en este tipo de actividades. Intentó formar parte de los milicianos españoles durante la Guerra Civil, pero lo rechazaron con la consigna de que se fuera a escribir.

En este sentido, la vida de Paz es oscura y nadie sabe, no hasta ahora, por ejemplo, qué estudios tenía, o cómo es que ingresó al servicio diplomático. Lo que sí es cierto es que Paz gozaba de privilegios políticos por la actividad de su padre y de su abuelo, igual que Alonso Reyes.

Desde allí, desde esa plataforma personal, Paz se lanzó al sostenimiento y expansión de su obra. Y creo que si no la hubiera tenido no hubiera pasado de ser un poeta más.

Su renuncia al cuerpo diplomático en 1968 estando de embajador en Nueva Delhi es el lanzamiento, definitivo, hacia su estrellato.

Aunque se intentara seriamente, resulta francamente imposible separar al poeta del político.

Un gobierno como el de nuestro país siempre ha tenido válvulas de escape para evitar, por una parte, cualquier intento de golpe militar, como los sufridos en toda América latina, y por otra la ideología que conduzca a una revolución como la que hubo en 1910 en nuestro país, que desgajó la unidad nacional sostenida por Porfirio Díaz.

En el plano de la ideología, los intelectuales han tenido privilegios que pocos han sabido aprovechar como lo hizo Paz.

Pocos saben cómo fue que Paz obtuvo esa concesión para la revista Plural, que fue su plataforma de lanzamiento definitiva. Paz, todo mundo lo sabe, lo acepta, pero no lo publica, no es un poeta original.

Decirlo, también todos lo saben, le costó la carrera literaria a varias personas que, incluso, tuvieron que salir del país para poder mantenerse en la línea de la crítica y la docencia literaria.

El discurso poético de Paz deviene de la poesía de la Generación del 27, a la que luego fue adjuntando la de los surrealistas y la de los vanguardistas.

Si bien es cierto que Darío eliminó la influencia española de su poesía y adaptó luego, luego, la de los franceses, Paz mantuvo ambas.

La antología La Centena abre con un poema en prosa:

Allí donde terminan las fronteras los caminos se borran

            ……

Allí donde los caminos se borran, donde acaba el silencio, invento la desesperación, la mente que me concibe, la mano que me dibuja, el ojos que me descubre.

            ……

Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra, libertad que se inventa y me inventa cada día.

 

Desde donde nos anuncia como el genotexto de una novela, una metafísica con la que justificará esa visión que le facilitaría una fuga de todas las cosas.

Ese es otro aspecto del deslumbramiento que Paz provoca en sus fieles seguidores: nunca se comprometió con nada y siempre tuvo las agallas suficientes para no dejarse atrapar por ninguna de las ideas que se le planteaban. Me recuerda una entrevista de Michel Foucault en la que propone una metodología, en la que cambia las cosas por las relaciones, pasa de la ontología a la dialéctica y de allí a la metafísica de las relaciones entre los objetos o los individuos.

En nombre de la poesía, Paz tomó la actitud de Zelig, aquel sujeto que se convertía al instante en aquello que lo impactaba emocionalmente –este personaje fue dado a conocer por Woody Allen en una película del mismo nombre–. Hay que recordar esa entrevista que le hizo Julio Scherer y que aparece en El OgroFilantrópico, en donde, de todas, todas, se escapa de todas las preguntas directas que le hace este periodista, y en donde queda asentado que Paz solamente estaba comprometido con su carrera.

En realidad, para mí, la poesía de Octavio Paz está contenida solamente en Libertad bajo palabra. Podemos observar que sus críticos, siempre favorables a él por su posición política, sólo se enfocan en Piedra de Sol, su único poema, considerado emblemático, y dejan todo lo demás para evitar caer en una crítica desfavorable.

En Salamandra y en Blanco hallamos la línea surrealista de la asociación de ideas y la escritura automática que, como decía André Breton, eran las técnicas para elaborar –no crear– la verdadera poesía.

En adelante, desde mi punto de vista, Octavio Paz abandona la poesía –la escritura poética– y se dedica al ensayo, género que lo sostendrá y al que, finalmente, le deberá el Nobel.

Paz deja la poesía el mismo año en el que renuncia a la embajada de México en India, aceptando sin conceder que todavía haya en Salamandra y en Blanco posos de su creatividad poética.

Eso no quiere decir que no haya escrito después algunos poemas, pero ninguno conserva la calidad de esa Piedra de sol, que ha sido hasta ahora su mayor obra poética.

Piedra de Sol es el único poema de Paz que merece la pena, de acuerdo a los críticos literarios que se encargan de la obra del premio Nobel mexicano, que nunca mencionan aquellos en los que se encuentra apuntalado, que le sirven de sostén y de necesaria referencia –Himno entre ruinas, poema cosmopolita, con resabios de Rubén Darío y del Modernismo, que toma Paz de los poetas españoles de la Generación del 27; ¿No hay salida?, poema vanguardista en el que establece la distancia entre la naturaleza y la cultura, como “Canto de guerra de las cosas”, del nicaragüense Joaquín Pasos, y El Cántaro roto, con el que se engarza en la ideología de Vasconcelos, el enlace entre los contenidos mexicanos mostrados con una técnica literaria tradicional.

Piedra de Sol es un poema bien construido, bastante bien elaborado, en endecasílabos sáficos, bien pensado, un excelente ejemplo de dominio de la técnica del verso tradicional, ejercida con la asociación de ideas de los surrealistas, al que habría que dedicarle un análisis serio y mayor espacio.

Siguiendo esta construcción de su mayor poema, Paz es un poeta tradicional, no alcanza a desprenderse del verso clásico, aunque el discurso en sus ensayos lo sitúe en el umbral del pensamiento de vanguardia.

Considero la enorme dificultad que debe ser deslindar la posición literaria de Octavio Paz, para los críticos literarios académicos, sobre todo si no toman parten de una visión histórica de su obra.

Y no creo que hacer una división histórica de la obra de Paz vaya en detrimento del premio Nobel mexicano; por lo contrario, su decisión de divulgar la cultura europea, principalmente la francesa, matizada por su visión personal, lo coloca en un nivel de ilustración que nadie en nuestro país ha logrado.

Pero Paz es un escritor controvertido porque desde la perspectiva de los críticos literarios extranjeros (Saúl Yurkievich, Ilan Stavans, entre otros) con él acaba la poesía en México; después de él no hay ni un solo poeta que lo alcance, además de que lo consideran, junto a Vallejo, Borges y Neruda, uno de los fundadores de la poesía latinoamericana.

Octavio Paz ha deslumbrado a muchos por su posición política y social, por su sostenerse en el mundo de la política, promoviendo la literatura, y hasta ahora nadie lo ha visto desde una perspectiva diferente.

Para mí, más que su poesía, su obra más vasta e importante fue la de divulgación de la cultura europea en nuestro país, al mismo tiempo que el descubrimiento del genio de sor Juana Inés de la Cruz mostrado a los europeos.

Octavio Paz es el mayor divulgador de la cultura europea en México, de eso no queda duda alguna.