Los caminos no vistos

Putilla del rubor helado

Mientras Octavio Paz le daba vuelo a la pluma siguiendo la técnica de la escritura automática acuñada por André Breton en sus búsquedas mediúmnicas, un pensador tranquilo, de palabra pausada, reflexiona sobre la muerte y escribe un poema existencialista que ha pasmado a sus lectores.

Cuando lo leí me pregunté si esto era un poema o una reflexión filosófica escrita en forma de verso, como Las cosas del campo de Varrón, o la Dialéctica de Galeno. Jonathan Culler en su poética estructuralista (1978) nos da las condiciones que debe tener un poema en sí: (1) es atemporal, (2) está completo en sí mismo (no requiere explicaciones), (3) debe tener coherencia en un nivel simbólico (interpretar la realidad), (4) debe expresar una actitud, una postura ante las cosas, y (5) tener una disposición tipográfica en el papel que le sirve de soporte.

La lírica, de acuerdo a la tradición, es la expresión de una emoción o un sentimiento del poeta ante las cosas, y Gorostiza reflexiona emocionalmente sobre la muerte.

José Gorostiza (1901-1973) es un poeta sobrio que sólo escribió cuatro libros de poemas, uno de ellos es Muerte sin fin, de 1939.

El poema está formado por XVIII apartados con versificación regular. Algunos con versos de arte mayor (endecasílabos) y otros de arte menor (octosílabos), rimas asonantadas y un lenguaje culto.

Pero hay que dejar claro que la poesía no se da en las palabras; la poesía queda manifiesta en la sintaxis, lugar de las contradicciones internas que el poeta maneja con bastante tino.

La postura filosófica que nos muestra este poema es la un existencialismo de fuerte inspiración católica.

 La reflexión sensible sobre la muerte inicia con una declaración individual que se va prolongando poco a poco dentro de un aire de contradicciones propias de las ideas del arte de principios del siglo pasado: el arte es una expansión contenida por la forma, por el peso histórico de la literatura.

Así vemos un poema de construcción versal regular

1 Lleno de mí, sitiado en mi epidermis (11)

2 por un dios inasible que me ahoga, (11)

3 mentido acaso (5)

4 por su radiante atmósfera de luces (11)

5 que oculta mi conciencia derramada, (11)

6 mis alas rotas en esquirlas de aire, (11)

7 mi torpe andar a tientas por el lodo; (11)

En el verso inicial podemos observar la premisa que sustenta al poema: una totalidad sitiada, una totalidad que tiene una forma específica, definida, que se ahoga con su luminosidad, idea que se repite a lo largo del poema:

No obstante –oh paradoja– constreñida

por el rigor del vaso que la aclara,

el agua toma forma.

En la parte XVII, la última, es en donde rompe completamente con el ritmo, pasa de los endecasílabos a los octosílabos, dándole al poema una soltura propia de las voces cantarinas del romancero. Esta parte es la que desahoga toda la angustia existencial que se repite como un engrane sinfín:

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el Diablo,

es una espesa fatiga,

un ansia de trasponer

estas lindes enemigas,

este morir incesante,

tenaz, esta muerte viva,

¡oh Dios! que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.

 Gorostiza sabía que el fundamento del ritmo poético es la repetición de los sonidos, de las formas del lenguaje literario y también la sorpresa epigramática, como la que nos da al final, un toque con el que revela esa condición atribuida a los mexicanos: la burla de la muerte al aceptarla:

Desde mis ojos insomnes

mi muerte me está acechando,

me acecha, sí, me enamora

con su ojo lánguido.

¡Anda, putilla del rubor helado,

anda, vámonos al diablo!

Así, el trato que le da a la muerte se refiere a una actitud valemadrista, indicadora de la superioridad de la conciencia del hombre, a pesar de las restricciones propias que la vida misma nos impone a todos.