Los caminos no vistos

La Mesa de Comer

Apunté al que vi, maté al

 que no vi; lo asé con palabras

 santas y me lo comí.

De los cuentos de mi padre.

Uno piensa muchas veces que debe tener un lugar para escribir, aunque hoy, con las computadoras, nadie escribe ya realmente, y puesto que los manuscritos ya no son necesarios han desaparecido desde 1995 aproximadamente, fecha en que ocurrió el boom de las computadores en nuestro país.

Pero, bueno, me crié en una ciudad en la que todo giraba en torno al ciclo agrícola y escribir significaba tomar un puñado de hojas de papel, un lápiz o una pluma fuente con su tintero y sentarse a escribir. En esa casa paterna había un escritorio de madera de nogal, en donde mi padre hacía sus borradores, y la mesa de comer, en donde los hijos hacíamos las tareas de la escuela.

Acostumbrado a escribir en la mesa de comer, ya adulto adquirí una mesa de madera para el comedor en donde, primero todas las noches, ya que mi mujer y mis hijas estaban en la cama, tras el beso de las buenas noches, yo me sentaba en la mesa de comer a escribir mis poesías o mis artículos periodísticos. Café, agua, galletas, alguna fruta, mermelada o crema de cacahuate, me acompañaban. Lo que ingería era café y agua, pero todo, una lista para una pintura de naturaleza muerta. John Berger me enseñó a ver, cuando me inicié en la apreciación del arte visual, a través de su libro Objetos sobre la mesa, publicado por el binomio Turner-Fondo de Cultura Económica. Para mí fue un verdadero descubrimiento, una toma de conciencia de una realidad que, aunque en mis narices, nunca había observado con la misma claridad, antes de que Berger me enseñara cómo.

La mesa de comer en mi casa es análoga al altar de muertos, sólo que yo la considero el Altar de las Musas. Las Musas, las musas… la diosa Démeter, la madre luna, la dueña de las siembras, de la fertilidad, siempre estaba allí platicándome cosas del mundo invisible para que yo las contara al mundo.

Muchos poemas los escribí en esas circunstancias, después de la media noche, con “la condición del héroe”, como calificó Paola Cruz a la actitud de un actor en el escenario, en la puesta en escena, la cual no es otra cosa que la virtud que se hace presente, que se revela, cuando la actuación se sitúa en otro momento temporal, cuando el espectador puede penetrar ese otro tiempo, al que lo invita el actor, aunque permanezca en el mismo espacio. La literatura como representación del mundo y de la vida nos lleva a otro tiempo, no a otro espacio. Es una nave que nos modifica la temporalidad, como lo hizo el grupo de niños desarrollados en la hiperkinesia en el cuento Al filo del futuro, de Howard Fast.

Han pasado ya cuarenta años y la mesa de comer, cuyas formas presentes han cambiado, sigue siendo la nave que me transporta a otro tiempo, ése en el que puedo conversar con la Diosa de la Fertilidad, la Diosa Blanca, como la llamaba Robert Graves, y las musas, que muchas veces solamente vienen a comerse las galletas o las frutas, pero cuyas risas me dejan los ritmos con los que se mueven muchos de mis poemas. Hace unos días transcribí en el Facebook que lo importante es el tiempo en el que uno puede escuchar esas voces que nos llegan del pasado y nos hablan del futuro, y recordé que Ibn el-Arabi apuntó en su Fusus al-Hikam (Las Perlas de la Sabiduría) que fue durante un sueño cuando el arcángel San Gabriel le indicó que era tiempo de que escribiera esas perlas, y en ese momento me vino a la memoria la historia del viaje nocturno de Mahoma (bendiciones para él).

La mesa de comer es la nave en la que recorro el tiempo de la memoria ancestral que me facilita el conocimiento del futuro.