Los caminos no vistos

Desplazamiento de la poesía 2.0

Al dividir poema y poesía solamente quedó la justificación de su escritura por la esperanza de que alguno de ellos la contenga. Consecuentemente, todos escriben poemas, esperando que por gracia divina alguno de ellos contenga poesía.

Porque todo poema se considera un texto, es decir, un discurso escrito que sustituye al discurso oral, y aunque nadie, que yo sepa la ha definido, se considera que la poesía en este contexto es un “efecto de sentido”, una consecuencia y no una causa, una contingencia y no una esencia.

Quien hoy escribe poemas confía, como el burro de Iriarte; aunque algunos consideran que escribiendo un discurso –en el sentido lato– o utilizando una figura retórica, alcanzarán  el efecto de sentido esperado, la poesía.

Es cuestión de perspectiva, ciertamente. El poeta, hasta mitad del siglo XX, sabía que la poesía era el blanco y el poema la flecha: se buscaba el blanco, aunque no siempre se lograra. Hoy se lanza la flecha deseando que ésta sola se dirija al blanco.

Frente a la voluntad del autor se halla la voluntad de la flecha.

Una actitud superficialmente budista: la flecha conoce su camino como el caballo el de su establo.

El entrenamiento budista es arduo con la intención de que lo que se hace se vuelva una segunda naturaleza para que después la actividad no sea interceptada por algún pensamiento impertinente.

¿Será que el cerebro se entrena para escribir poesía mientras escribe poemas?

Escribir poemas, en este sentido es una distracción, un juego de azar, un divertimiento, una pendejada, acción que manifiesta el solipsismo de quien lo hace.

Así que mientras no se reconoce la vivencia emocional, resultado de la relación entre el mundo y el autor, no se llegará a la poesía.

Hay que tener en cuenta que a finales del siglo XIX la querella entre los escritores era que se escribía siguiendo una forma preconcebida y dejando de lado la vivencia que era, es, la esencia del poema: se tomaba la forma soneto, décima, silva, o cualquier otra, y se rellenaba con palabras.

Hoy el verso libre –que hay quien llama “caída libre” –es una forma. Una forma que se llena con cualquier cosa, menos con la intención de representar el impacto de un aspecto de la realidad; más bien, es una queja, una confesión, una maldición, un deseo (frustrado) de acabar con todo, con todos; al fin y al cabo sus maestros ya dijeron que cuando aparece el texto el autor desaparece. Tal parece ser el sentir de los autores de poemas nacidos de 1970 en adelante.