Los caminos no vistos

¿Congruencia entre la literatura y las preferencias sexuales?

Leo que la editorial Mondadori publica los Diarios de Susan Sontag (Príncipe de Asturias 2003) y recuerdo su sarcasmo contra Paul Goodman, por su bisexualidad definida de manera expresa, aunque ella luego se arrepiente de su insulto. Y me entero hoy, con el anuncio de la aparición de este libro póstumo, que ella también lo era.

Aunque muy certera en sus juicios, en su ironía y en su posición frente al gobierno de su país –escribió aquel Viaje a Hanoi en donde habla de las barbaridades de Estados Unidos en aquella región del sur de Asia, por ejemplo–, Sontag nunca me gustó porque era muy masculina en sus apreciaciones, y aunque había una creencia en ese tiempo de que no había diferencia alguna entre la escritura masculina y la femenina, siempre dije que sí, y ella, como Virginia Woolf, o Colette, o Anaïs Nin, eran muestra sensible de escritura femenina.

Su posición política, aunque no era feminista declarada, me parecía exagerada, igual que las explicaciones de Michel Foucault sobre las relaciones de los objetos, sin importar éstos.

Aunque basadas en las ideas de Lenin,  Foucault, igual que Susan Sontag, buscaban desviar la atención de sus interlocutores de ellos como expositores de ideas, para que se enfocaran en algo que no es visible si no se tiene la suficiente intención de hacerlo: las relaciones de las cosas entre sí, de los sujetos, o de los hechos.

¿Es válida la indefinición sexual pública? ¿Es necesaria? ¿Hay, como en aquella pregunta sobre la misoginia, congruencia en los textos literarios cuando se esconde la preferencia sexual?

Creo que es necesaria una meditación profunda al respecto.

Zweig lo trata en La confusión de los sentimientos; Mann, en La muerte en Venecia; José Joaquín Blanco, en Ojosque da pánico mirar, entre otros, y como decía Nandino en un artículo que circuló un tiempo en el face: Es vergonzoso que alguien ataque la homosexualidad de otro, con furia e ironía, siéndolo el mismo atacante.

La señora Sontag, Virginia Woolf, o quien sea, nos han engañado haciéndonos creer que sus juicios eran congruentes con su presencia sexual externa –todas unas mujercitas decimonónicas.

Ahora yo preguntaría a aquella joven escritora: ¿hay congruencia en un homosexual que escribe de acuerdo a sus características sexuales secundarias, y que no revela las preferencias sexuales que vive en su privacidad?

Todo esto de la congruencia por lo que la señora Sontag dijo cuando Goodman murió, en el sentido de que reconocía a Goodman como su mentor, pero que aborrecía su calidad de bisexual.