Los caminos no vistos

Cien años de incomprension consistente

Todo mundo se reía con las Historias de Cronopios y Famas, y yo serio. Todo mundo admiraba Rayuela y yo me pregunto aún cuál es la causa de admiración de una novela ramplona y contada como un juego de rompecabezas.

Cefalea, Cartas a una señora de París, Casa tomada… Todos los relatos de Cortázar, porque no eran cuentos y esto él mismo lo reconocía, no me significaban nada, hasta que leí El Perseguidor, y solamente este cuento, que hay quienes dicen es una novela corta, es el que digo que es una obra completa de Julio Cortázar.

Las babas del diablo, Continuidad de los parques, Una flor amarilla, o Manuscrito encontrado en un bolsillo, son juegos retóricos.

Las instrucciones para John  Howell, más borguesiano que ninguno, tampoco me dijo nada que me hiciera considerar a Cortázar como un gran escritor.

Solamente El Perseguidor.

Con el tiempo, y hasta la actualidad, me parece más una estupidez hablar de Cortázar como el Gran Cronopio y que sus seguidores se digan a sí mismos cronopios, cuando creo que nunca han bailado catala, porque ni saben lo que es.

Lo leí, lo releí, y dejé de releerlo porque me sentía verdaderamente estúpido por no entender ese humor del que mis amigos hablaban y que algunos críticos destacaban.

Ni siquiera su Los Reyes, o la Prosa del Observatorio o La vuelta al día en ochenta mundos, o Último round.

Cortázar era un farsante, alguien a quien le pagaban por escribir para crear un ambiente literario al servicio de los europeos.

Su obra está ligada a su vida pública, a su relación con Fidel Castro, a sus intervenciones en foros literarios en Cuba, en donde, por cierto, dictó una conferencia magistral sobre el cuento, que es magistral realmente.

Cortázar, como Borges, son escritores metidos a saco, incrustados en las lecturas para posicionarse en el mundo literario de los lectores.

Es un perfecto imbécil quien no ha leído a Cortázar y peor si no lo ha entendido.

Nunca he entendido, no a Cortázar, sino a todos sus supuestos seguidores.

Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.

Lo anterior es un juego retórico que luego se justifica en nombre de la creatividad, o de la libertad de expresión, aunque la literatura, esa “tura de turas”, como Cortázar la consideraba, nada tenga que ver con ambas cosas.