Los caminos no vistos

Altura de crucero

En noviembre del año pasado, lancé un reto a mis amigos del café: cinco libros que hubieran contribuido al cambio del arte de hacer poesía en Guadalajara.

De inmediato lancé cuatro: Divertimiento1, de Ricardo Yáñez; El pobrecito señor X2, de Ricardo Castillo; Por el chingo de cosas que vivimos juntos3, de Raúl Bañuelos, e Y nunca he estado en Nueva York4, de José Ruiz.

¿Por qué libros y no autores? Porque desde mi punto de vista, estos cuatro autores crearon un libro de poesía con un alto valor estético propio de su tiempo, pero ya no volvieron a escribir nada importante.

No es que ya no escribieran. Han escrito varios libros nuevos cada uno, pero sin ese valor que tuvieron los mencionados, pues, siguiendo esa línea de los beneficios, sucumbieron ante las prebendas del Estado y allí se quedaron a la altura de crucero.

La altura de crucero es la que alcanza un avión luego de utilizar toda la energía de sus motores para llegar a una altura específica y de allí, a nadar de muertito hasta a su destino.

Esos libros son testimonio de los cambios en el arte poética guadalajareña, y luego nada, absolutamente nada.

Quiero decir que después de ellos, nadie ha escrito nada de valor estético elevado.

De acuerdo a los registros de Dante Medina en la antología “Poesía joven de Jalisco”, al momento de su edición había más de mil poetas en la ciudad. Podemos leerlos y darnos cuenta, con cierta pena, que ninguno pasa de la medianía. Pero lo relevante es que se pasó al culto a la personalidad, que tomó el lugar de la creación literaria.

Hace unos meses me invitaron a dar una charla de diez minutos, al lado de otros escritores, que tenían tres cuartillas y hasta diez o doce de curriculum, pero de producción de calidad, absolutamente nada.

Consideremos que en la década de los años ochenta hubo un cambio de paradigma cultural y pasamos de lo cualitativo a lo cuantitativo, de donde surgió la preocupación de escribir tanto como las vacas dan leche.

Un amigo me refería que uno de nuestros escritores locales tiene 60 libros publicados, y yo, con mi ironía habitual, le pregunté cuál derribará de su lugar a Ulises o a La muerte de Virgilio.

Otro de los paradigmas que se modificaron fue el considerar que escribir literatura es una actividad lúdica, en la que el que escribe goza mientras escribe, y esa mentalidad ha encerrado a las letras en ese gozo personalísimo semejante al ensimismamiento. Dicen: “si yo gozo lo que escribo, lo que escribo es bueno”.

Un tercer paradigma es el de que la sociedad está enferma y que, en consecuencia, todos los que la formamos estamos enfermos, y a alguien se le ocurrió, siguiendo las ideas de la psiquiatría y su terapia ocupacional propia para los que padecen neurosis de guerra, que el arte es una actividad curativa; así caímos en que la literatura cura, es catártica, para el que escribe.

El lector, como pueden darse cuenta, aquí no cuenta.

Y el cambio de mayor envergadura fue el que modificó el carácter de representación (mimesis) al de discurso.

No quiero dejar de decir que hay “poetas” de un poema, o de un grupo de poemas, que responden a la estética actual, a la banalidad de la existencia, pero un poema no hace un poemario, como lo hizo en aquel tiempo en el que, de acuerdo a mi antología publicada en 1974, solamente había 15 poetas trabajando.

Estos cuatro libros hicieron la revolución literaria en Guadalajara, la cual se propagó en los encuentros de poetas organizados por las instituciones culturales, que luego fueron absorbidas en el sexenio de Salinas de Gortari con la creación de ese monstruo mata-creatividad que es el SNCA.

Mis propuestas siguen de pie…

1 Departamento de Bellas Artes, 1962

2 CEFOL, 1972.

3 Cuaderno Breve, 1982

4 Tinta Ediciones, 1982