Miscelánea Política

Problema de estado

Para los familiares de los periodistas asesinados.
Mi más sentido pésame.

Javier Valdez Cárdenas, fundador del semanario Ríodoce de Sinaloa, corresponsal de La Jornada y escritor especialista en el crimen organizado y su impacto cotidiano en la sociedad, fue el quinto periodista asesinado tan sólo en este año. Los hechos se registraron a un par de cuadras de su oficina y luego de que tras el asesinato de la periodista Miroslava Breach, el periodista tuiteara que "...la mataron por lengua larga. Que nos maten a todos, si esa es la condena de muerte por reportear este infierno. No al silencio..."

El homicidio causó conmoción tanto en México como en el extranjero, y más allá de ser un evidente atentado contra las libertades de expresión e información, constituye una vergonzosa evidencia de impunidad, en un país donde la justicia en estos casos casi nunca llega. Es inaudito que mueran más periodistas en México que en países en guerra. Y eso sólo puede suceder cuando los agresores se saben intocables.

El gabinete de seguridad peñista y el propio EPN parece que ven caer granizo desde la ventana que los protege, comentando en un grosero bisbiseo lo aterrador que pasa allá afuera, cubiertos por su burbuja de guardaespaldas profesionales. No saben lo que es sentir el miedo en la piel, mucho menos la posibilidad de que la muerte acecha detrás de ellos, ni el rencor de millones de mexicanos, ni las lágrimas de los familiares de las víctimas los conmueven. Promesas van y vienen, no nos oyen ni nos ven, al estilo Carlos Salinas.

No existe mexicano consciente de que vivimos una desigual batalla contra el narco, en donde la connivencia de miembros de seguridad pública con aquellos ha sido delatada una y otra vez. Un estado fallido, diría Chomsky, una guerra civil que tiñe de sangre calles, avenidas, cruceros, otrora transitables sin el temor de que una bala perdida cegara la vida de alguien que no la debe ni la teme, vivimos aterrados y huérfanos de un gobierno que nos proteja, las promesas y la retórica son la constante.

No se trata entonces de un problema aislado, motivado por algunos informadores entrometidos. Es una desvergonzada escalada de agresiones, convertida en un problema estructural de intimidación colectiva, en el que todas y todos los mexicanos, periodistas, lectores y audiencias, terminamos siendo víctimas indefensas de tan terrible situación.

Coincido con Ana Cristina Ruelas, directora de ARTICLE 19 Oficina para México y Centroamérica, cuando acusa que "La impunidad ha permitido que las agresiones contra la prensa se vuelvan cada vez más cínicas. Cinco asesinatos en plena luz del día refieren un mensaje claro de poder de los perpetradores. Un poder que permanece con la anuencia del propio estado. Las agresiones contra la prensa son sistemáticas y requerimos resultados, no más simulación de garantías. La violencia contra la prensa debe ser un problema del Estado que se combata con una política de Estado. Hasta hoy las instituciones garantes han servido como velo de la impunidad".

Las agresiones contra la prensa son efectivamente un problema de Estado, que debe atenderse mediante políticas de Estado, a fin de garantizar la vida e integridad de quienes se dedican a tan noble profesión. Mientras las instituciones públicas no asuman su responsabilidad con la seriedad y eficacia que se requiere, los perpetradores de esta escalada seguirán haciendo de las suyas, cobijadas por el desinterés de quienes deberían procurar justicia.

¿Qué queda a los familiares de periodistas silenciados por hacer uso de la libertad de expresión en temas minados como el narcotráfico?, solo la solidaridad de quienes a esto se dedican, la indignación y las marchas de protesta de aquellos que conocieron la trayectoria de las víctimas de una mordaza asesina, que claman un poco de seguridad y no el tradicional y ya trillado mensaje "... esto no quedará impune...", o el "... ya tenemos algunas líneas de investigación...", cuando en verdad su incapacidad para gobernar es flagrante, la falta de políticas públicas en este rubro, inexistentes, por el contrario, lo que queda es dejar que el tiempo pase para que el pueblo se olvide del más reciente asesinato. ¿Hasta cuándo volverá la paz a este país ensangrentado?, las horas, los días y los meses transcurren mustios con la certeza de que no tenemos un gobierno que nos respalde, que la corrupción ha generado miseria, pobreza, inconformidad, y con ello, el crimen organizado va in crescendo con la adhesión de quienes no tienen oportunidades para combatir el hambre y la miseria, y son presas fáciles para convertirse en uno más de aquellos que nos han cercenado la tranquilidad de nuestras casas.

El asesinato artero de Javier Valdez ha sido la gota que derramó el vaso y, como tal, no debe ni puede quedar impune. La violencia en México ha llegado a niveles insospechados, con la colusión de las autoridades ineptas, que sólo ven por su comodidad y sus bolsillos, nunca por el bien de la sociedad que les designó y encomendó su tranquilidad. Lo digo sin acritud, ¡pero lo digo!

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