Miscelánea Política

Una preocupante ausencia de liderazgo

Para Eduardo Vázquez Rossainz. Joven brillante, con un futuro promisorio.

Cuando una persona insulsa es colocada en una posición de liderazgo, reservada sólo para quienes tienen capacidad de dirigir y beneficiar a sus liderados, se provoca un fenómeno de repudio colectivo, en el que hasta quienes no forman parte del mismo grupo terminan criticando la actitud anodina, perpleja, vociferante o vendida de quien sin tener los tamaños fue elegido o designado para encabezar dicha colectividad.
El verdadero liderazgo no se construye, se ejerce. Alguien que sólo sabe actuar como empleado, personero, mandadero o ejecutor, jamás va a poder construir una visión que motive seguimiento ni influir positivamente en los demás. Su desempeño siempre va a estar sujeto a la voluntad de alguien más, por lo general ajeno y hasta contrario a los intereses del grupo al que pertenece.
Si el liderazgo es necesario para que las sociedades puedan construir una visión de conjunto sobre sí mismas, sobre sus intereses y fines, así como sobre los medios para alcanzarlos de manera eficaz, la ausencia del mismo genera problemas de identidad, de compromiso y de eficiencia.
El liderazgo no puede depositarse en personas anodinas, nimias o zalagardas, carentes de vocación, carisma, inteligencia y habilidad suficientes para encabezar grupos sociales. El dedazo, el dinero, la televisión y las asesorías, no pueden suplir jamás semejantes carencias, que finalmente terminan por salir a la luz y generar un vacío de poder, que provoca desorientación primero, inconformidad después y finalmente deseos de cambio.
En escenarios semejantes, los dirigentes agrestes o ignaros, incapaces de liderar, terminan apoyándose en el autoritarismo y la represión para conservar el poder obtenido de manera fortuita, injusta e ilegítima. La dominación útil degenera entonces en un ejercicio despótico o de opresión, alejada de los verdaderos fines del grupo a quienes se empeñan en sostener al aprendiz de líder.
Ejemplos sobran, pero el de Pablito Fernández del Campo en el PRI estatal pudiera servir de epítome o modelo académico. La pregunta aquí sería ¿quién le vio tamaños o al menos posibilidades de líder? ¿Una sombra acechante en el Senado? ¿Algún banquero brillante en espera? ¿El gerente del partido? ¿El bolero de quien despacha en Bucareli? Hubieran preguntado para enterarse que si le dicen “Mandibulín” no es por colmilludo, sino porque nadie lo respeta… Y eso elimina cualquier posibilidad de liderazgo.
¿Y qué me dicen de lo que vemos a nivel federal, donde la mayoría de los pseudo líderes políticos en funciones se han inclinado ante la trágica embestida privatizadora de la riqueza nacional? ¿Quién de ellos podrá ver de frente a los mexicanos y pedirles su voto, dentro de unos años, cuando padezcamos los nefastos efectos de la contrarreforma?
La sustitución del liderazgo democrático por la ignominia cortesana. Del convencimiento y la confianza por la imposición y la obediencia ciega. Del desarrollo con justicia social por el enriquecimiento oligárquico que acrecienta la desigualdad.
Quien piense que ya habrá oportunidad para corregir las desviaciones actuales, se equivoca. Hablamos de recursos no renovables y vivimos una globalización voraz, capaz de avasallar soberanías y órdenes internos, ahora con el peso de las cortes y normas internacionales, ya no con el de las armas.
Se anuncia con bombo y platillo que México podría crecer por encima de un 5% anual a partir del siguiente año, pero nada se dice que al final los índices de pobreza se mantendrán iguales y que la desigualdad económica crecerá. Habrá más pobres y sólo unos cuantos ricos, multimillonarios, favorecidos por la nueva estrategia energética, que obedece a intereses externos, rapaces, acechantes desde siempre. ¿Ese es el crecimiento económico que queremos como país?
El destino nacional está en juego y todo parece que habremos de retroceder, ante la falta de liderazgos resueltos que nos mantengan en las alturas históricas a las que nos llevaron Juárez, el Constituyente de 1917 o Lázaro Cárdenas. Estos tiempos de crisis demandan otro tipo de lucha, más de razón que de fuerza. Se requieren verdaderos líderes, que en medio de las tensiones provocadas y los equilibrios fracturados, encaucen a quienes no están de acuerdo con el rumbo trazado y vislumbran los posibles estragos para el país.
Parafraseando a Lorenzo Meyer, en La desvanecida ruta de la ambición nacional, “un país cuyas elites dirigentes no sean capaces de formular un gran proyecto colectivo de cara al futuro, aceptado como legítimo por la mayoría de sus ciudadanos y que sirva de elemento guía en la toma de las grandes decisiones políticas, corre el peligro de convertirse en una comunidad sin derrotero y, con el correr del tiempo, en derrotada desde adentro”.