Miscelánea Política

Un desayuno inesperado

Para los prianistas poblanos

Segunda parte

Marín se envalentonó y en tono suave pero firme le expresó al Secretario de Gobernación, palabras más, palabras menos: “…tiene razón Carlos, no me van a frenar, si lo que quieren es que Marín hable, Marín va a hablar y entonces si va a haber un choque de trenes…”

Le sugerí a Mario y a su panda que lo acompañaba que no permaneciéramos un minuto más, Marín atendió mi recomendación y salimos dispuestos a lo que viniera. 20 minutos más tarde recibí una llamada del mismísimo Gobernador del Estado Melquiades Morales quien me hacía notar las razones de su ausencia, (una entrevista con el Estado Mayor Presidencial con motivo de una reciente visita de Vicente Fox), al tiempo de comentarme que él no tenía intención alguna de frenar las aspiraciones del malogrado gobernador y hacerme saber  que al día siguiente nos recibiría José Joaquín Fernández García para tratar el tema relacionado con la cuenta pública del hoy famosísimo “Gober precioso”, ahí conocí a un verdadero caballero y servidor público ante quien me quito el sombrero.

La reunión no duró más de media hora pues la habilidad de Don José Joaquín era tal que no merecía de más tiempo, las cuentas públicas de Marín fueron aprobadas, aquí debo decir que debían ser aprobadas en atención a que no había agravio alguno al erario municipal. De los negocios que hizo no me hago cargo, hasta esas fechas yo conocí al Mario Marín indígena, al político, al eficaz, al honrado, no al esperpento en que se convirtió después de haber llegado a la gubernatura, ni de sus riquezas ni de sus malas compañías. Desde el CEN del PRI y con el aval de las encuestas se sabía que, quien garantizaba el triunfo era este indígena que pudo haber llegado a ser candidato a la Presidencia de la República y que perdió todo su capital político en el camino, su dignidad, sus afectos, sus verdaderas amistades como la mía. Melquiades Morales, político avezado armó las piezas de manera casi perfecta para quedar bien con todos y sacar a un candidato ganador, del que hoy todos nos avergonzamos. Finalmente aquél desayuno no llegó ni a café ni a galletas. Esta anécdota trascendió muchos años atrás y recientemente en la pluma de Mario Alberto Mejía, yo la cuento, casi casi como fue. Si alguno de los convidados en aquél festín de los buitres me quiere contradecir lo reto a hacerlo. ¿Estamos?

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