Miscelánea Política

Solo para abogados en ciernes elegí a Jorge Lerín Valenzuela.

Quisiera tener la pluma que inspiró a Sabines, a Miguel Hernández, a Octavio Paz, para poder decir al hombre que provocó en mí la pasión por la ciencia  del derecho. Jorge Lerín Valenzuela, al igual que Carlos Meza Valenzuela, se forjaron con los golpes que da la vida en cuanto a la desventura, ambos de padres humildes pero de una honestidad y rigor al cumplir con los deberes frente a sus hijos.

 En esta tierra y la suya, se me ha muerto como del rayo Jorge Lerín, a quien tanto quería, parafraseando al bardo alicantino. Prometí a mis amigos, de los cuales son algunos atorrantes,que escribiría esta elegía para el hombre que fue en el buen sentido de la palabra bueno, como diría Antonio Machado. Jorge, compartió conmigo el pan y la sal, junto con Minerva, su segunda esposa, mujer enhiesta, de muy grande calidad humana, quien con el compartió sus últimos años, con un diamante de diez quilates, su pequeña hija. Me es obligatorio hablar de Klaus y Kerstin, a quienes conocí de muy pequeños, producto del amor de Doña Esther, “teté”, a quien también tuve el gusto de conocer.

Este espacio es muy precario para poder expresar lo que fue el hombre sabio, creyente de Dios, el jurista excepcional reconocido por propios y extraños, con quien más de 500 exitosos abogados se formaron en su amasia, entre postulantes, notarios, jueces, magistrados, y un sinnúmero de servidores públicos. Me jacto de haber compartido con mi gran maestro días, tardes y noches, incluyendo sábados y domingos, el sonar cadencioso de una Remington, que producía sentencias y sentencias para jueces y magistrados chambones y de nimia o pequeña moral, a quienes auxiliaba en los deberes que no podían cumplir, fundar y motivar resoluciones impecables que difícilmente eran revocadas por el tribunal superior, entonces, los conocimientos y la sapiencia de mi maestro se convertían en tinta de colores, en un papel mudo pero cómplice y comparsa de lo que habría de ser un fallo más que impecable.

 Jorge Lerín se entregaba no solo a Dios, no solo a sus hijos, sino a todos quienes requerían de su consejo y asesoría. Hoy quisiera como Sabines con su padre, y Miguel Hernández con Ramón Sijé, decirle por encima del mármol en  su pequeña casa, un día ya sin ojos, sin orejas, sin garganta, con la piel sobre su frente agrietándose, el trigal de sus canas, pero con el orden de su alma y como Miguel Hernández quisiera ser llorando el hortelano de la tierra que ocupas y estercolas, compañero del alma tan temprano, alimentando lluvias, caracolas y órganos, mi dolor sin instrumento, a las desalentadas amapolas, porque tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler, me duele hasta el aliento.

Sin embargo, maestro, me quedaré con tus luces dirigentes, que me señalen el camino a donde te hayas, que de cierto estoy, es en el cielo, en donde como Octavio Paz te reuniste con los muertos de tu casa. ¡Hasta siempre, maestro!

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