Miscelánea Política

Lula

Para: Monseñor Víctor

Sánchez Espinoza, por su

sencillez y calidad humana

Hace unos días, durante un seminario realizado por el diario español El País en la sureña ciudad brasileña de Porto Alegre, el ex presidente de ese país, Luiz Inácio “Lula” da Silva dijo que México ha sido presentado por la prensa internacional o mejor dicho por “los medios norteamericanos y británicos en particular”, como la gran novedad del siglo XXI y una opción mejor que Brasil, pero que al enterarse de los indicadores económicos mexicanos, se dio cuenta de que no son comparables con los del país carioca, que México no es la nueva nación en ascenso y que Brasil se perfila para ser la “quinta mayor economía del mundo”, concluyendo con la provocativa declaración de que “todo en México es peor que en Brasil”.

Sobre la reforma energética que se está llevando a cabo en tierras mexicanas, el ex titular del gobierno brasileño consideró que no es ninguna hazaña. “Lo que hacen mejor (en materia energética), nosotros ya lo hicimos con Petrobras hace 20 años”, sostuvo Lula, quien fue el invitado especial del gobierno mexicano en 2013 para inaugurar uno de los programas clave de la administración de Enrique Peña Nieto, la Cruzada Nacional contra el Hambre, basada a su vez en el modelo de Lula.

Lo que no dijo Lula al hacer frente a las manipulaciones mediáticas que hoy ensalzan a México y sus medidas privatizadoras como parte de una estrategia transnacional que sólo busca impulsar la “neocolonización” de las mal llamadas economías emergentes, es que Brasil no era una potencia en materia de hidrocarburos y que su economía no dependía de los ingresos de Petrobras, cuando optó por el modelo de coparticipación para impulsar la extracción en altamar.

Si hacemos a un lado las actitudes patrioteras que llevaron a la mayoría de los mexicanos a criticar al político brasileño y analizamos con cuidado el trasfondo de sus declaraciones, que no insultos, podríamos advertir el peligro que entraña para el país el dejarnos seducir por las sirenas mediáticas de los dos países que más se van a beneficiar con la entrega del patrimonio energético al capital extranjero: Estados Unidos y Reino Unido.

En estas circunstancias, lo lógico es que quienes pronto recuperarán el dominio del subsuelo mexicano y su riqueza energética (hidrocarburos, gas, geotermia) para su beneficio particular, se dediquen a aplaudir las “brillantes” reformas impulsadas por el gobierno mexicano y a promover al país como un importante destino para la inversión extranjera, sin que ello realmente signifique que la economía nacional vaya a mejorar cualitativamente, que los índices de marginación y pobreza vayan a disminuir de manera significativa ni que el pueblo mexicano vaya a tener una mejor calidad de vida en su conjunto.

Es más, para acabar pronto, ni siquiera va a bajar de precio la gasolina, lo único que va a suceder es que gracias subirá aún más de precio para que los mexicanos prefieran comprar de otras marcas, a precios similares a los actuales.

Es cierto que en México deberíamos aspirar a superar los indicadores de las economías del primer mundo, pero mientras no hagamos algo por mejorar de fondo, sólo podremos compararnos con aquellos países que como Brasil, India o Sudáfrica han seguido el modelo impuesto por el Banco Mundial, el FMI y el Grupo de los Siete, y que son atacados indiscriminadamente por los medios “internacionales”, cada que el mismo modelo empieza a dar muestras inevitables de desgaste, culpando a sus dirigentes de la desigualdad y la corrupción generadas, con el perverso fin de desviar la atención de los verdaderos responsables.

Así le pasó a México y así le volverá a pasar, cuando norteamericanos y británicos hayan terminado de extraer la última gota de petróleo y se retiren junto con su inversión “milagrosa”, explotarán a otra “economía emergente”, como podría ser Venezuela.

El enemigo de Lula lo es la prensa extranjera, no México. Hoy, sin que los números mexicanos y brasileños hayan variado significativamente, los mismos medios arremeten en contra de Brasil y utilizan la Copa del Mundo para exhibirlo como un país en crisis, con la intención de evitar la reelección de la izquierdista Dilma Rousseff e impulsar un gobierno aún más afín. Igual que sucedió en México, cuando ante las fallas del panismo, el capital extranjero prefirió apostar por el PRI de Peña Nieto y sus promesas privatizadoras, antes que por la continuidad de su aliada, la derecha tradicional. Las cosas pintan igual de mal en México que en Brasil. ¡Lo digo sin acritud, pero lo digo!

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