Miscelánea Política

Defender la Constitución

Para David Carmona Sánchez,
con sincero afecto.

“A la Constitución hay que tocarla con mano temblorosa”

Los fenómenos jurídico políticos ineludiblemente son generados en y por la sociedad y son sus efectos los que van dirigidos a ella, me refiero a las sociedades de occidente en general y aun en las sociedades conservadoras desde el punto de vista de sus raíces (medio oriente). En las de antaño y las actualmente conformadas entre avances tecnológicos, cibernéticos y la mixtura de sus costumbres y hábitos milenarios, víctimas de la incomprensión y de la intolerancia occidental, para unos justificadas para otros propia de seres irrespetuosos que no alcanzan a comprender el raigambre  de una cultura ajena a la suya.

No obstante, toda sociedad tiene  necesidades y demandas urgentes que satisfacer y que de alguna manera tienen que ser colmadas mediante un marco normativo que nazca del poder social soberano para finalmente poder convertirse en una herramienta que cobije y tutele el ámbito geográfico en el que se nace, reside, en el que se vive, en el que se desarrolla, entonces surge el Estado como ente que representa la abstracción conceptual de ese fenómeno político jurídico dado en una sociedad  en un tiempo determinado. Recordemos que los elementos que lo constituyen son el pueblo, el territorio, el gobierno y el derecho.

En los últimos 12 años se ha venido hablando de la necesidad de crear una nueva constitución y dejar atrás  la carta de Querétaro con sus 95 años de edad. Algunos iluminados del derecho promotores de la ingeniera constitucional y sabelotodo consideran que nuestra carta magna no solo ha dado de sí, vamos, que es obsoleta.

Por su parte, y en contraste, Diego Valadés se pronunció a favor de una reforma profunda de la constitución, al respecto nos habló en los siguientes términos: “…que le devuelva vigencia y que la coloque nuevamente cono el referente que este pautando la vida del Estado y de los ciudadanos…” y remata el constitucionalista advirtiendo que: “…de no llevarse a cabo una refundación de la Constitución, avanzaran las actuales condiciones de deterioro de la norma, lo que haría indispensable, entonces sí pactar un nuevo texto constitucional”. La anterior advertencia me parece hasta cierto punto alarmante. Por el contrario, considero que el gran problema de este debate debe centrarse en la responsabilidad que tienen los gobernantes en turno para hacer cumplir a cabalidad las normas sociales y los imperativos garantistas que integran este cuerpo normativo, que ha venido sufriendo una serie de modificaciones a modo para satisfacer aviesos intereses ajenos a la tutela de nuestra soberanía, recordemos nuevamente las tan cacareadas “reformas estructurales” consumadas para bien de los Estados Unidos, el Banco Mundial, el BID y  las de trasnacionales voraces que vendrán a apoderarse de las áreas estratégicas.

La creación de un nuevo texto constitucional no es la solución para acceder a aquellas garantías mínimas que ya están contempladas en la Carta de Querétaro, producto de aquellas voces lastimeras que dieron inicio a un proceso de soberbios y acalorados debates del constituyente para dar vida a una de las primeras constituciones sociales de este mundo, hoy convulsionado por hechos sangrientos como el “Caso Ayotzinapa” aderezada con una lucha light contra la inseguridad y el narcotráfico, en suma, fueron aquellas voces subyugadas por el régimen absolutista del Porfiriato que propiciaron el estallido de la Revolución para años después promulgar una Carta Magna de corte liberal que pese a sus 530 reformas y sus 97 años de vigencia debe ser tocada con mano temblorosa.

Para finalizar esta entrega cito  parte de las expresiones del doctor Jorge Carpizo y que fueron publicadas antes de su deceso, el día del aniversario de nuestra carta fundamental: “…

Un país tiene una nueva constitución cuando existe una ruptura jurídica, política y social, esta ruptura puede ser pactada o no pactada, generalmente las no pactadas son en forma violenta y las pactadas, en forma pacífica. En este momento en México no hay esa ruptura… sí vamos a tener una nueva Constitución cuando la realidad imponga esta necesidad”

Hasta aquí dejo este opúsculo para que sean mis lectores los que abonen a un tema de sobrada magnitud que representa, no solo el sentir de los mexicanos sino la manera en la que habremos de asumir las consecuencias de una profunda reforma a la Constitución; de adecuaciones esenciales a ella o en su caso de una nueva constitución. Esperemos que las reformas por venir no representen el entreguismo genuflexo de nuestra Soberanía a los intereses de capitales extranjeros. Más tutela a intereses sociales y económicos y menos abyección, integrantes del Poder Reformador.

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