Miscelánea Política

Colosio, una promesa mal lograda

Para Francisco Carmona Saucedo.Por una estancia plena de éxitos en la milenaria China.
Con afecto sincero.

El pasado 23 de marzo se cumplieron 20 años del asesinato político de quien se ofrecía como el verdadero líder moral que dirigiría los destinos de un país sometido, víctima del neoliberalismo propiciado por la camada de tecnócratas entronizados a un partido con el que nunca compartieron sus ideales, desde José Córdoba Montoya, María de los Ángeles Moreno, Jaime Serra Puche, Emilio Gamboa Patrón, Manuel Camacho Solís, Ernesto Zedillo, hasta Salinas de Gortari, de quien sería sucedáneo.
Tristemente la mano asesina de un personero del Estado mexicano evitó que nuestro país contara con un estadista dispuesto a liberarnos de las ataduras existentes con el país del norte, aquel fatídico 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas. Su muerte sigue enlutando a todos aquellos que teníamos una visión de la política, como el arte de gobernar luchando por el sendero de la democracia, en una fiesta que habíamos de celebrar sin ningún boato pero con mucha esperanza, alejado de intrigas palaciegas de cortesanos caricatos, de expoliadores profesionales que ya asomaban la cabeza, dejando atrás la política del péndulo, oscilatoria y dubitativa a la que antes me he referido, donde la incredulidad se hacía difícil de superar, gracias a farsantes que la denigraban y la siguen denigrando, de aquella panda de hienas trepadores y flotadores cuya finalidad fue la de permanecer en el poder, preservar sus prebendas y mantener sus privilegios que de cierto siguen haciendo.
La vocación de Colosio logró incordiar al régimen con su discurso de sed y hambre de justicia pronunciado el 6 de marzo de 1994 frente al Monumento a la Revolución Mexicana.
El candidato enhiesto, firme en sus convicciones, capaz y capacitado, convencido de sus ideales revolucionarios, deseoso de un gobierno con un sentido de paz social y libertad, sin arribismos ni componendas que defraudaran la esperanza del auténtico priista, después, vinieron las exequias en su mayoría cargadas de una retórica más que hipócrita y mendaz para después imponer a un presidente anodino y entreguista como Ernesto Zedillo, aquél que necesitaban los intereses extranjeros, neoliberal irredento, quien dejó un México sumido en un hedor político y pobreza extrema, que fue trazando el derrotero de lo que sería la entrega total del poder a la derecha conservadora de Vicente Fox, seguida por otro que increíblemente terminó por superarlo en un gobierno nefasto y bananero, el de Calderón Hinojosa, prostituyendo "la silla del águila".
A 20 años de su muerte, quienes nos sentimos priistas y convencidos de sus principios y estatutos seguimos recordando en cada noche ojerosa de un 23 de marzo como estos que no termina, aquí donde México una pequeña viñeta en el monopoly internacional, que se compra y se vende al mejor postor. Solo aquellos priistas de cepa guardamos en el cajón de nuestros recuerdos aquél discurso de su postrera cita que a los prianistas les debe quemar como lenguas de fuego por su sometimiento y traición nacionalista, estas palabras que retumban como si salieran de un coro colosista que vive en las entrañas de la militancia del otrora partido de las causas populares.
"Veo un México de comunidades indígenas, que no pueden esperar más a las exigencias de justicia, de dignidad y de progreso; de comunidades indígenas que tienen la gran fortaleza de su cohesión, de su cultura y que están dispuestos a creer, a participar, a construir nuevos horizontes.
"Veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.
"Como partido de la estabilidad y la justicia social, nos avergüenza advertir que no fuimos sensibles a los grandes reclamos de nuestras comunidades; que no estuvimos al lado de ellas en sus aspiraciones; que no estuvimos a la altura del compromiso que ellas esperaban de nosotros. Tenemos que asumir esta autocrítica y tenemos que romper con las prácticas que nos hicieron una organización rígida. Tenemos que superar las actitudes que debilitan nuestra capacidad de innovación y de cambio. [...] Empecemos por afirmar nuestra identidad, nuestro orgullo militante y afirmemos nuestra independencia del gobierno."