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Medellín sin Pablo

Medellín, Colombia.- La ciudad de Medellín, Colombia, es impresionante.

Combina la modernidad, decenas de edificios, sus amplias avenidas, la limpieza de sus calles y la infraestructura urbana, con las montañas pletóricas de viviendas populares donde surgieron los ejércitos de sicarios reclutados por el Cártel de Medellín, de Pablo Escobar Gaviria.

Considerada una de las urbes más innovadoras del mundo, esta ciudad cuenta, a diferencia de Bogotá, la capital del país, con una red de transporte público que combina el servicio del metro (con dos líneas y dos ramales), un sistema de BRT, dos Metro cables (sistemas de teleféricos que suben a los barrios altos), autobuses, un tranvía y ciclovías.

En total, 27 estaciones, 35 kilómetros de redes de vías, 35 kilómetros de ciclo rutas y el único barrio en el planeta, San Cristóbal, que cuenta con escaleras eléctricas.

Con su modernidad y pujanza económica que es evidente en casi todas partes de la ciudad, Medellín no ha podido sacudirse la imagen y legado de Pablo Escobar, considerado el más importante capo de las drogas en el país.

Incluso hay un barrio de Pablo escobar. El gobierno intentó cambiarle el nombre y los vecinos de ese lugar se opusieron.

La figura del capo llegó a ser tan dominante en la ciudad, que muchos antioqueños (Medellín forma parte del departamento de Antioquia), recuerdan con mucha nostalgia el tiempo cuando el dinero llegaba a manos llenas producto de la venta de la cocaína.

En aquellos años en Medellín hubo plata para todos. Los curas recibían generosos donativos, los comerciantes vendían muy bien, se necesitaban químicos para la “industria” de la droga, abogados para defender a los detenidos, contadores para administrar los recursos y un ejército de jóvenes como informantes, sicarios y parte de las redes criminales.

Pablo se movía en taxis, en camiones, en distintos vehículos siempre protegido por la misma población. Desarrolló una red de canchas de basquetbol, patrocinó ligas de futbol, jugó en ellas y se dio tiempo para ingresar como congresista suplente.

Las historias de barones de la droga narran de fiestas donde se obsequiaba dinero y de la generosidad de estos bajo la fórmula de “Los Apuntados”.

¿Qué significaba esto? Los capos favorecían a algunas personas y le apuntaban un kilogramo de coca. Cuando “coronaban la vuelta” (cuando colocaban la droga en Estados Unidos), le pagaban el kilogramo como si fuera de ellos.

Después de la muerte de  Pablo y tras la historia negra ampliamente narrada, la etapa más complicada para Medellín fue desmantelar un cártel que nació, creció y vivió para delinquir.

Los numerosos “traquetos” (como les llaman aquí), acostumbrados a ganar muy bien cambiaron las drogas por otra moneda: el terror.

Aunque no lo reconocen abiertamente los afectados, la Federación Nacional de Comercio estima que un 80 por ciento de los comerciantes son extorsionados por las mismas bandas que un día sirvieron al Cártel de Medellín.

Las extorsiones mensuales rondan entre los 40 y 50 mil pesos colombianos (unos 300 pesos mexicanos); para los pequeños negocios en los barrios ronda en los tres mil pesos mensuales.

Otra actividad a la que ingresaron fue la producción ilegal de aguardiente y bebidas apócrifas. Con el terror de su lado, no es difícil conseguir que en los restaurantes y bares, acepten vender estos productos que alcanzan unos 500 mil millones de pesos anuales (unos tres mil 125 millones de pesos mexicanos).

La piratería, conocida aquí como “chiveados”, abarca casi todo. Perfumes, textiles, calzado y hasta hace unos días, fue desmantelada una fábrica donde producían una bebida que se vendía como Coca Cola.

(Lo invito a que me lea, escuche y vea en paraleloveinte.com).

martinezmcarlos@hotmail.com