El asalto a la razón

¿Qué ganarían el Ejército o el Estado?

Aprovecho la excepcional ausencia de Diego Fernández de Cevallos y su ya imprescindible columna Sin rodeos de los lunes para tocar, con mayor amplitud de lo habitual en El asalto…, el tema que trae frotándose las manos a los vividores de tragedias: el asesinato de los normalistas rurales.

En 2015 ven una invaluable oportunidad para intentar impedir las elecciones cuando menos en Guerrero pero, de preferencia, sumir al país en el mayor caos posible.

Para lograr este despropósito sobran los “ideologizados” y “politizados” en panfletos y plantones que, curtidos en el odio sembrado desde hace casi 15 años, aprovechan cuanto cadáver pueden para pretextar una ilusoria “revolución” sin que se dejen ver sus vergonzantes remedos de Madero, Lenin, Zapata, Mao, Che, o de perdida Marcos, capaces de articular con mínimos de racionalidad lo que se quiere vender a incautos como “protesta ciudadana”.

Su arsenal incluye patrañas tan burdas como la supuesta captura del ex alcalde de Iguala y su mujer en Veracruz o Puebla (salvo nueva actualización del cuento), más de una semana… ¡antes de ser sembrados en Iztapalapa! ¿Por qué? Por implicar a un santuario perredista, cuando es tan obvio que lo perrediano figura entre los objetivos a demoler.

Hacia el mismo despropósito renovador apunta la hilarante “hipótesis científica” con que se busca fabricar un redituable “crimen de Estado” a cargo del Ejército, de la que habla un par de vivales exhibidos ayer por La Jornada: Jorge Antonio Montemayor Aldrete (Instituto de Física de la UNAM) y Pablo Ugalde Vélez (UAM Azcapotzalco).

El primero, quien gusta ridiculizarse portando sombrero negro tipo amish y que está reprobado por sus alumnos (3.5 le ponen en misprofesores.com), afirma tener “nuevas evidencias” que desmienten la versión de la PGR:

Los 43 normalistas, pregona, no fueron carbonizados en un basurero, sino pudieron haber sido “incinerados en crematorios modernos del Ejército o de empresas privadas, con instalaciones suficientemente grandes y con morgue…”.

Para sustentar su pesadilla, este profe pedirá información a la Sedena y buscará también la fiscal y empresarial sobre consumo de gas en 2014, a fin de saber si hubo mayor consumo entre el 26 y el 28 de septiembre, ya que, ilustra, para una cremación humana se requieren 53 kilos 285 gramos del fluido...

Y por ahí se va.

Con esa vacilada sueña que la abuela se convierta en bicicleta: “Si se llegara a comprobar nuestra hipótesis, tendría que aplicarse la Constitución” (castigar a los culpables).

No, pues… sí.

El coco no le da, sin embargo, para aventurar algo aproximado a una idea sobre los motivos y beneficios del Ejército o el Estado para cometer semejante atrocidad.

La reportera no se contuvo para describir este arrebato iluminista: “cambia su semblante, sonríe como si fuera previsible lo que va a decir…”. Y lo que suelta ese farsante es que, aun si sus fantasmas lo quisieran “hacer resbalar con una cáscara de plomo”, seguirá en su necedad hasta las (ya muy sobadas) “últimas consecuencias…”.

¡Chíngale!

 

cmarin@milenio.com