El asalto a la razón

Lo que Federico me regaló

Fernando Macotela, director de la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Minería, recordó ayer un rasgo singular de Federico Campbell:

“No recuerdo nunca haberlo oído hablar mal de nadie”.

Y es que, como dijo Juan Villoro en el velatorio, el autor de La hora del lobo en MILENIO fue “una de las personas más generosas que he conocido…”.

¿Cuántas de sus vívidas historias debemos agradecerle por habernos hecho reparar en las virtudes literarias del siciliano Leonardo Sciascia?

¿Quiénes de sus interlocutores continuaríamos ignorado Los novios, la obra de Alessandro Manzoni que marca la literatura moderna de Italia quizá solo después de La divina comedia? (digo, para no presumir sus oportunas, tersas y exquisitas pasadas al costo de sus frecuentes, incontables y envidiables conversaciones con su amigo Juan Rulfo).

De sus libros (Infame turba, 1971; Entrevistas con escritores, 1972; Los Brothers, 1982; Todo lo de las focas, 1983; Tijuanenses, 1989; De cuerpo entero, 1990; Transpeninsular, 2000; La clave Morse, 2001; La ficción de la memoria, 2003 y El imperio del adiós, 2004), me quedo con Pretexta o el cronista enmascarado (1979), de la editorial que fundó en 1977: La Máquina de Escribir, donde la maraña de relaciones invisible pero presente da una idea de lo se hace desde el poder mediante la producción de libelos (como sucedió con Elmóndrigo diazordacista contra el movimiento estudiantil) para calumniar y aniquilar a los adversarios del régimen.

Conservo con cariño especial el ejemplar, acabadito de hornear, que me regaló entonces, con la portada como carta de lotería, en donde La Pistola es una máquina de escribir; La Máquina, una máscara de luchador; La Iglesia, una pistola escuadra; El León, una navaja de muelle; La Espada, un halcón; La Máscara, Notre Dame; El Avión, una bailarina; El Globo, un catrín y La Catrina, un león (Pretexta lo editaron también Planeta y la Universidad Claustro de Sor Juana).

Al saludar, Campbell aprovechaba cualquier superficie de papel para dibujarse a sí mismo con una veloz facilidad que nunca dejó de asombrarme (un óvalo con ajitos y unos pocos pelos a los lados, una naricita y la boca con la curva de su estado de ánimo).

Un día llegó ante mi escritorio, paró en seco y me soltó:

“¿Sabes una cosa, maestro?”.

“Dime, Federico. Te veo como que si trajeras algo muy cabrón…”.

“¿Sabes?”, repuso: “No es que me menosprecie, maestro, pero creo que como ser humano soy una mierda…”.

Y se siguió de largo campante, con su característico andar acompasado, campaneando sus brazos como héroe vaquero acabando de ganar un duelo. “Parece que se fuera a suicidar”, pensé, salté de mi asiento y lo alcancé.

“Lo que sea que traigas, Federico, dímelo. No sé qué te pasa, pero quiero que sepas que cuentas conmigo. ¡Dime…!”.

Se congeló de inmediato, me clavó la mirada, sonrió apenas y disparó a quemarropa: “No me pasa nada pero dime que me salió bien, ¿o no, maestro?”.

Y soltó la carcajada maliciosa, dulce y divertida con que siempre lo recordaré.

cmarin@milenio.com