El asalto a la razón

Abstracciones, omisiones y emociones

Sobre todo por lo feliz que se le vio, me quedo con la impresión de que el papa Francisco vivió su estancia en México con el regocijo de muchos latinoamericanos que visitan por primera vez la tierra de la que tienen una vieja y cariñosa referencia gracias a Cantinflas.

En sus discursos privaron las generalizaciones, jamás dijo algo que incomodara al gobierno de Peña Nieto y fue notable su especial cuidado en esquivar temas que parecían ineludibles:

Que no concediera una audiencia exclusiva a los padres de los normalistas de Ayotzinapa puedo entenderlo, pero me escandaliza que omitiera el flagelo de las desapariciones.

Me decepcionó también que no aprovechara su ida a Michoacán (en Cotija nació el depredador sexual Marcial Maciel) para, siquiera, condenar una vez más la pederastia.

Y creo que lo mejor que vino a hacer no fue como pastor, sino como un hombre inteligente y sencillo que, pese a ser inevitablemente político, consiguió emocionarme en el Hospital Infantil, su encuentro con jóvenes, familias, indígenas, encarcelados, empresarios y trabajadores.


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