Australadas

La vida es un documental

En un acto que pertenece más a una especie de licencia antipoética que de rebeldía (in)docente, he compartido con Los Minions, mis pupilos universitarios, el trabajo que hace un par de años produjera Olallo Rubio sobre la carrera del grupo Molotov. El mismo en el que el otrora locutor de Radioactivo expusiera a manera de crónica visceral (lo que significa contar así como fueron las cosas) la historia del último siglo de vida de este valle de lágrimas conocido como México.

Debo confesar que la labor no ha sido sencilla: dejarles caer sin anestesia el titipuchal de años que hemos padecido las calamidades del poder, los desgastes en el tejido social y la inconformidad acumulada por las atrocidades de un puñado de cretinos instalados en el goce de la política y varios batidillos más, sencillamente no es de Dios. Pero nadie dijo que sería fácil y mucho menos grato. El también autor de "¿Y tú cuánto cuestas?" e "Ilusión nacional" pone el dedo en muchas yagas que siguen pudriéndose a fuerza de desmemoria e injusticia, mientras diseña con rolas de los Molotov esa especie de soundtrack de nuestras vidas.

Siempre he pensado que la mejor lectura de una peli es aquella que se hace en la intimidad de una sala de cine o de una casa, pero creo que al mismo tiempo uno se pierde de esos puntos finos que suelen dar una perspectiva más rica y acabada. Por eso insistía, mientras Los Minions se pasmaban con el lenguaje florido y las alusiones históricas (e histéricas) en pausar de cuando en cuando para contextualizar algún suceso o para, como diría Monsi, documentar el optimismo. Y sí, acepto que suele ser incómodo ese "peliculus interruptus", pero es justo y necesario.

¿Para qué? Para evitar que el olvido se haga presa de la memoria. Para ilustrar la idea de que el cochinero no se hace de la noche a la mañana, que los sospechosos comunes del hoy tienen padres putativos y, aunque no lo creamos, también tienen madre, putativa también. Y ya en un dejo de burlona sentencia, para darnos cuenta que ciertamente estábamos mejor cuando estábamos peor. Y que siempre se puede caer más bajo, nada más hay que darle oportunidad (y tiempo) a los hijos de tal por cual de que le pongan más ganitas al asunto. Cuestión de empeño y mala leche.

Estamos como estamos porque somos como somos, dice el filósofo de Güemez, con esa autoridad moral para advertir el ridículo en el que nos hemos habituado a sobremorir. Y ahí reside la malandra idea pedagógica, rascar en una roncha que a fuerza de costumbre ha dejado de dar comezón. O que siempre ha dado pero que no se sabe por qué.

Y que ahora, en tiempos de rechazo al sistema, de caldos de cultivo propicios para la revuelta (como quiera que cada uno la conciba), en momentos donde anarcos e inconformes coinciden en las plazas públicas, el documental Gimme the power se nos ha aparecido como un pretexto para repensar la realidad y encontrarnos con el chiquero posmoderno que nos recetan todos los días los noticieros.

Hoy que la fallida y retardada acción del gobierno se queda atrás en su respuesta a la población, la búsqueda del poder es más que una necesidad, sobre todo si ese poder es el ciudadano.