Australadas

50 shits of Grey

"Si vas a hacer algo relacionado con el sexo, debería ser cuando menos genuinamente perverso".

Grant Morrison


¿Digo, digo una verdad? Ya no puedo ver una peli como antes. No sé si sea por amarguetas, hiperlactante o sencillamente por defecto de formación. Lo cierto es que cada que me dispongo a recetarme una "muvi" algo pasa que me hace acabar diciendo "pudo estar mejor", o "no me latió". Haciendo un mea culpa debo reconocer que merecido me lo tengo por partida doble. Primero por haber estudiado Comunicación y segundo por esa necedad de ver películas en partes.

De mi filia escolar se me había advertido hace rato. De hecho, es una de las cantaletas que suelen recetarse en la academia: Una vez que se ha comenzado a estudiar Comunicación jamás vuelve a percibirse de la misma manera la tele, el cine o la radio. Y no es para menos, pues se van desnudando los entretelones que son ajenos para la raza, y entre ellos están las miserias y los secretos más descabellados. Nada, a ciencia cierta, que no ocurra con otras disciplinas, con la excepción de que aquí el truco del ilusionismo vende y mucho.

De la vocación por ver pelis en pedazos, ni qué decir. A veces el sueño es responsable del tema y otras es una especie de déficit de atención el que se encarga de pausar mi ingesta mediática, hasta el punto de hacerme perder el interés en la producción en turno. Aunque para ser honestos, lo que me pasó con Cincuenta sombras de Grey no fue ni lo uno ni lo otro. Como si fuera uno de esos devotos de la zaga erótica de moda, me lancé a la premier sólo para acabar sintiendo que había invertido dos horas de mi vida en prácticamente nada.

Quizá haya sido tanta alharaca cachonda por la historia o el morbo informativo de que todo mundo estuviera hablando de ello, pero ahí estaba yo, aburriéndome como ostra luego de los primeros diez minutos de la cinta. Y hubiera acabado cuajadísimo de no ser por la estupenda compañía, que al final fue lo único que valió la pena del asunto, y porque no quería espantar con mis ronquidos el proceso de combustión de algunos parroquianos que estaban como adolescentes jariosos.

Lugares comunes de un erotismo chabacano, argumento predecible, incluso para quienes no hemos leído el libro, actuaciones anticlimáticas y, en general, una producción de la que nada se salva, excepto quizá la banda sonora. El caso es que al salir del multicinema tuve la necesidad de preguntarme, "de veras, de veras tenía que haber visto esto". Supongo que no, pero ahí va uno de entusiasta a encontrarse con el último grito de la moda. Y tenga chango su mecate.

Con el agrio sabor de boca aún presente, recordé aquella aventura ochentera que encumbró en papel de semidiosa a Kim Basinger y en adonis a Mikey Rourke, en la peli 9 semanas y media. Nada nuevo bajo el sol, si no fuera porque aquello data de hace 29 años. Y fue entonces cuando descubrí que por esta ocasión se me podía eximir de una enfermedad por partida doble, la de ser comunicólogo y encima con TDA, pues la peli realmente estaba del nabo.

"Perdónalos San Negro-González-Iñárritu, no saben lo que hacen", pensé, mientras consideraba seriamente hacer una cita con el psicoterapeuta, por aquello de las malditas dudas.