Australadas

El reino de la progesterona

Siempre he pensado que las mujeres que pueblan el mundo de un hombre lo definen inevitablemente. Que si hay un influjo contra el que no se puede luchar es el que representan las "shikitas". Y que una vez en las redes de las féminas, cualquier ente cargado de testosterona puede declarar al mundo que se lo ha cargado el payaso.

Con dichas certezas encima, los huesos de este fulano que escribe recalaron el sábado en el Wolrd Trade Center, llevados hasta ahí por su mengana particular y por Agnes, en su rol de hija. El motivo: la Expo Mujer 2013. Los caminos del Señor adquieren trazos muy peculiares y si algo tiene el barbón de arriba es sentido del humor. Por eso, yo que suelo ser el antagonista de mi propia historia, me asumí como instrumento del destino y comprendí con un "¡omaigad!" que me había llegado la hora.

Por más que uno se declare poseedor de cierto lado femenino, cuando se atraviesa el umbral de la entrada de la Expo las cosas toman un matiz implacable. Y es que en medio de centenares de entusiastas de la imagen, los accesorios y diversos menesteres domésticos, se va cayendo como en un túnel que pondría rojo de envidia al país de las maravillas.

Para hacer honor a la verdad, tratando de conservar intacto el físico más de un incauto se dejaba ver por los pasillos, siguiendo el ritmo de su consorte. Y yo, que siempre he sabido escuchar consejos, aunque nunca los siga, comprendí que mi mujer tenía razón cuando decía que habría muchos hombres interesados en el tema, pero de llevar la cartera lista para complacer a su amorcito. Así que más valdría ir preparado.

Pasillos de joyería, ropa, extraños chunches para el cabello, cosméticos y seductores minimalismos cortesía del secreto de Victoria. Spas, aparatos para ejercitar el "puerquecito", alimentos libres de culpas calóricas y hasta instrumental de cocina. De todo y sin medida en un recinto que cada año convoca a la mitad de la especie que puebla este mundo, para dejarse apapachar ya sea en pareja, de a solapa o con el clan de amigas.

Hasta ahí la cosa iba más o menos bien. Pero la hembra del porcino reviró el apéndice posterior cuando advertimos una pasarela por la que minutos más tarde desfilarían unos entes desproporcionados, con la intención de arrancarse la ropa y los suspiros de las parroquianas. Mientras me preguntaba por qué justo a mí me había tocado ser yo, fui testigo de los candentes movimientos de unos sujetos que debieron ser extranjeros todos ellos, pues en nada correspondían a la complexión promedio del mexicano.

Entonces se juntaron el hambre con las ganas de comer cuando el ejército de damas perdió los estribos al ritmo de puedes-dejarte-puesto-el-sombrero. Y llegaron los bailes personalísimos que llevaron al éxtasis a dos que tres gordis, y que culminaron con el desfachatado performance con una doñita como de 385 años, que casi se nos quiebra de la impresión.

Y como este fulano columnista es un chico de hoy, entendí que si algo podía salvarnos de la decadencia sería reírse del numerito, Y así fue, con mengana e hija de testigos y una horda de incandescentes mujeres en plan de atáscate que hay lodo. Al final el problema no fue que se acabara la función, sino que no hubiera un show dedicado a los estoicos caballeros presentes. Digo, para que pudieran ver modelitos de lencería que comprarles a sus mujeres. Para eso y nada más.