Australadas

El presente es redondo

Alguna fuerza extraña tiene el esférico que lo hace aparecer como un poderoso seductor. Pocos son los que se sustraen de su influjo, en especial cuando convoca a las masas al aproximarse algún evento singular. En estos días en que el planeta se deja arropar por la Copa del Mundo en Brasil, los aperitivos sirven para abrir boca y justificar que lo mejor (y lo peor) está por venir.

Los loritos de la tele y la radio se llenan la boca de presagios, realidades y datos que documentan las pasiones y alebrestan el morbo. La edecanía se frota las manos para fungir como el cárnico lado "amable" que estimula pupilas y hace apetecible la espera. Y los mortales de a pie cuentan los días que en dos dígitos hacen falta para el silbatazo inicial.

Mientras tanto los intelectuales no permanecen inmunes a tal expectativa. Leo con agrado y admiración a Jorge Valdano, el filósofo del fútbol, en las páginas del diario Récord, y con ansia devoradora la más reciente contratación de mi librero personal, un texto de Juan Villoro titulado Balón dividido. Los dos por igual cumplen con esa posición plurifuncional que implica decantarse por el balompié y desmenuzarlo con la técnica depurada de su prosa.

En estas estamos, hinchas y no, ante la inminencia de un predecible espectáculo cuatrianual. Salivando con el siempre cuestionable campeonato mexicano, el cierre de la liga española y la cereza del pastel, la final de la Champions. Los dos primeros han dado de sí, como lo han hecho quienes practican el deporte del fanatismo de lunes. Esos que viven para ejercer la marca personal y meter la pierna fuerte al seguidor del equipo contrario, el que es culpable de irle a la oncena que mordió el polvo. Pongamos que hablo de los villanos favoritos, Pachuca y Barcelona.

Al encuentro de noventa minutos que se prolonga del inicio de semana a la víspera del partido, son convidados incluso quienes semanas atrás perdieron la fe en su equipo. Y no deja de ser curioso cómo se enfundan temporal o permanentemente en la casaca de moda. A fin de cuentas, lo que importa es tener un plan b, por si el drama de la eliminación ronda la cancha.

Pero si los estoicos consiguen mantenerse al margen de la historia, es decir, hacer como que el balón no es lo más importante de lo menos importante, existe la eficacia de la mercadotecnia: Come fútbol, sueña fútbol, bebe las aguas negras del imperialismo yanqui. Ejerciendo de agente publicitario Lionel Messi alecciona a las mamás de la posmodernidad para que dirijan su selección en torno al pan de caja, mientras se familiarizan con el rostro del "Diez".

Y en la tribuna de la industria gráfica, los cromos de Panini renuevan el pasatiempo de los adultos con alma de niño, las dominadas sin balón coleccionando estampitas que por unas semanas sustituyen a los vicios y juguetes caros. Total que a ritmo inconsciente de un "Cielito lindo" susurrado, el calentamiento con miras al partido de la vida surte su efecto.

Todo esto ocurre al tiempo que, a nueve mil kilómetros de las ansias nacionales del quinto partido, Madrid se paraliza y establece una sucursal del Madroño en plena Lisboa, mientras colchoneros y merengues resignifican el portugués con toques al pie gracias a la lengua de Cervantes. Comienza el partido entre sociedad del espectáculo y show business. ¡Que ruede el balón!