Australadas

Mis plumones y sus trump-iates

Quién iba a decir que a estas alturas del partido aún tendría oportunidad de una primera vez. Durante casi diecisiete años jamás tuve la necesidad de saber lo que era gastar en plumones para pintarrón, hasta hace unos días. Por primera ocasión me vi en una tienda de autoservicio en busca de mis materiales de trabajo. Jamás me había enterado de la oferta al respecto y la verdad es que ni me interesaba. La dotación de plumones estaba segura, pues luego de tantos años dando clases lo que sobraba en casa era precisamente eso, plumones. Sin embargo, por alguna razón este inicio de año me sorprendió como a aquel que notara la ausencia de huevos de oro en la gallina. Simplemente me los había acabado.

Una promesa hecha en clase luego de la infame escena de unos plumones, cuya discreción hacía ilegibles las palabras en el pintarrón, me llevó por vez primera a hacerme de un flamante estuche. El riesgo de la inexperiencia es verse sorprendidos cometiendo pifias, por inocencia, me insisto, más que por pen...sar las cosas a la ligera. El hecho es que los mentados plumones eran para papel y su tinta duraba dibujada lo que al triste la alegría. Con los años llegan sin ser invitadas las arrugas, así como la pérdida del temor al ridículo, por lo que regalé a mis pupilos el paquete comprado, pues a fin de cuentas a ellos les sería de mayor utilidad que a mí.

Pienso en esta mi pictórica primera vez con la lamentable imagen de Donald Trump rondando mi cabeza. El anaranjadoso ente vive en carne propia las vicisitudes del primerizo: sabe que no cuenta con los recursos necesarios para enfrentar su destino y entiende que algo debe hacer si lo que desea es sacar al buey de la barranca. El problema es que no hay tiendas, súper mercados o plazas comerciales que tengan lo que él requiere. Y, en el dudoso caso de que lo hubiera, bien se dice que hay maderas en las que no agarra el barniz. Como con mis malogrados plumones, los resultados no tardaron demasiado en aparecer. De hecho, se hicieron evidentes incluso antes de tomar posesión. La televisión e internet son testigos.

Lo único que espero es que al copetón le dure el gusto mucho menos que la tinta de mis palabras en el pintarrón. Que ceda el poder (como yo la potestad de mis plumones) a quien pueda resultarle de utilidad. Y que aprenda, como lo hice yo, que la vida, el dispendio y la despreocupación, pasan factura. Por las primeras veces que nos definen y las decisiones fallidas que nos condenan.