Australadas

¡De pelos!

Por razones atribuibles a una estética de la injusticia, el cabello ha sido quizá una de las partes del cuerpo más sobrevaluadas a lo largo de la historia de la humanidad. Y lo digo no sin un dejo de inconformidad y sí con algo de saña contra los de largos capilares. De hoy y de siempre. En torno a este tema los anales del pasado consagran grandes y voluptuosas cabelleras, ahí están las de Alejandro Magno, Cristóbal Colón, Nicolás Copérnico, Teófilo Gautier y Carlos Marx, por mencionar sólo algunos. Y eso que no se trata de estrellas pop y menos de rocanroleros.

En la primera mitad del siglo pasado, José Carlos Mariategui ya hablaba del asunto en un artículo titulado La civilización y el cabello, y algunos años más tarde Indiana Nájera hacía de las suyas con un texto al que llamó Barbas y melenas célebres y uno que otro rasurado. El devenir de la fotografía y la cultura audiovisual han consignado por años los rostros más bellos enmarcados por greñas tupidas y frondosas. Y la simbología del éxito, cuentan los imagólogos, se sostiene entre otras cosas por la hermosura de la simetría facial, coronada por cabello sano y abundante.

Verdad o mito, lo cierto es que las sociedades del siglo veintiuno continúan privilegiando el culto a la cabeza por la vía del pelambrerío, a partir de figuras de culto que despiertan una apropiación simbólica mediante la cual la sociedad de masas se identifica con modelos de vanguardia, rebeldía (por muy chic que ésta sea), atractivo físico y, ciertamente, reconocimiento público. Y si se trata de héroes contraculturales peor aún. Ahí están como botón de muestra Jim Morrison, Lennon y compañía, Bob Marley, Slash, Robert Smith y muchos más. Hay para aventar hacia arriba y hacer rabiar a los coquipelones.

He pensado insistentemente en el tema luego de haber sido testigo de una sobredosis de salón de belleza y de que desde hace casi 20 años la herencia paterna me ha ido condenando a inventariar mis pelitos. El fin de semana pasado los huesos de este Fulano recalaron en cierta sala de belleza mientras el auto familiar era lavado. En la lógica de que el sitio estaba infestado de coches mugrosos, la Mengana, o séase mi mujer, tuvo el tino de peinar la zona en busca de una estética para aplacar los subversivos cabellos de la Niña Verdolaga.

Lo que vino enseguida era a todas luces predecible: por las tijeras pasaron la chaparra en cuestión, Agnes, su hermana, y, por supuesto, la autora de los días de ambas, en busca de una nueva imagen que alegrara sus corazones bandoleros. El resultado fue todavía más anticipado, pues en verdad la felicidad llegó a los rostros de la banda, confirmando la regla de que no se puede vivir como si la belleza no existiera y que se vive mejor si a la ya existente se le da una manita de gato.

Todo este proceso bajo la escrutadora mirada del autor de estas líneas, quien a falta de largas y abundantes razones para acudir al estilista, había decidido registrar los acontecimientos con escrupulosa precisión. Al final debo reconocer que valió la pena la espera, pues la aventura hizo posible estas líneas y sobre todo porque nunca he tenido inconveniente en comprender el surrealista mundo de las mujeres y siempre me ha parecido una imbecilidad limitarse a quererlas para no acabar agarrados de las greñas.