Australadas

500 noches para una crisis

"Qué difícil intentar salir ilesos de esta magia en la que nos hayamos presos"
Joaquín Martínez Sabina

De verdad que uno debe estar perdidamente enamorado de la música o de plano estar deschavetado. De otra forma no comprendo (y la humanidad mucho menos) cómo puede uno invertir, y mírese que digo invertir y no gastar, una buena lana en un par de boletos para un concierto. En medio de una crisis por andar en crisis, que sería el equivalente a estar cansado de estar cansado, aquel que se atreve a despilfarrar la marmaja en entretenimiento es como para tacharlo de imprudente, osado y hasta absurdo, por decir sólo palabrejas social y políticamente correctas.

Así me siento yo. Imprudente, osado y absurdo. Pero también como niño con caramelo nuevo. Me explico: El tal Sabina vuelve a México después de año y medio y eso es algo que mueve y mueve en serio. Conozco gente que habría dado lo que fuera por ver a Supertramp en un toquín, a Fleetwood Mac, a los Beatles. Sé de hordas que atiborrarán los conciertos de los Back Street "Gays", y de muchas doñitas que siguen haciendo rentable la sempiterna gira de Mijares y Emmanuel. Ni hablar, hay de todo en la viña del señor. Lo mío, lo mío es el Sabina y en cuanto supe que recalaba otra vez en Mexicalpan de las Tunas, que me lanzo por los tickets.

Lo cierto es que a pesar de mi filia incondicional y de que desde hace quince años no me pierdo una sola tocada del Flaco de Úbeda en este país en ruinas, cada vez resulta una odisea mayor encontrarse con él. No sólo por la runfla de sabinianos que son como los Gremlins, cada vez más cuantiosos y poco selectos, sino por el imperio de la sociedad del espectáculo con tendencias cuasi monopólicas, que hace que verle a él o a cualquier luminaria resulte en un ojo de la cara. En tiempos donde tenemos el lujo, como diría Joaquín, de no tener hambre, codearse con los imprudentes, osados y absurdos se vuelve casi una religión, por incomprensible y fervorosa.

Al andaluz lo conocí en el año 2000 en el Teatro Morelos, en un recital memorable lleno de imágenes y de música entrañable. Luego vinieron tiempos de toquines en la capirucha, en solitario (ocho o nueve veces) y con Serrat, en dos ocasiones. El 2006 fue pródigo con una gira que lo llevó hasta la FIL de Guadalajara y de regreso al Defectuoso, por lo que había que verle por duplicado. Misma suerte corrió el fanatismo cuando se presentó en el Festival de las Almas de Valle de Bravo y unos días después nuevamente en el Coso de Reforma. Finalmente el 2013 lo trajo de vuelta a Toluca para cerrar un círculo que en realidad nunca se cerró.

Total que a fuerza de reiterada necedad me sé de memoria sus gags, pasos de baile y hasta los pucheros, como quien se familiariza con alguien a punta de convivencia. Conozco su lista de canciones y las características bribonadas que inflige a sus coristas. Y quizá por ello, ahora que regresa, quince años después de aquel 2000, es preciso estar ahí, aunque el balance marque número rojos y se vayan alma, vida y corazón en ello. El Flaco lo vale y más la embrujadora complicidad que da sentido a la imprudencia, la osadía y el absurdo.