Australadas

Esta noche contigo


El domingo regresé a donde todo comenzó hace once años. Fue en el Teatro Morelos en octubre de 2002, cuando me encontré con la primera experiencia en torno suyo. Desde entonces han pasado muchos días, cientos de escenarios, una enfermedad, un puñado de discos entrañables y un par de giras al alimón con un tal Serrat. Pongamos que hablo de Sabina, para ser más precisos.

En aquel entonces poco o casi nada sabía de él, como no fuera la certeza de que tenía un no sé qué, que nadie sabe lo que es, pero que es lo único que importa. Y que habría de cambiar la manera en que miro la vida. La experiencia del primer recital fue en compañía de mi padre, uno de sus críticos más acérrimos, y cuando acabó el concierto los dos quedamos convencidos, a nuestro modo, de que El Flaco era la hostia, sin más.

A Sabina lo he encontrado en plenitud, en depresión, lejos de casa, muy cerca de ella, he estrechado la mano a Panchito Varona y Toñito García de Diego, su diestra y siniestra, e incluso fui tras sus pasos a Tirso de Molina, el barrio donde habita en Madrid. Le he leído, padecido, me he enfermado y recuperado de él al mismo tiempo, y cada que se acerca es un encuentro obligado, como quien acude a la cita con un viejo entrañable que es por igual amigo y enemigo íntimo.

Por eso ahora que vuelve a tierras tenochcas a probar, como él dice, lo que significa el México profundo, había que estar ahí. Y fui a su encuentro con el corazón lleno y de la mano de una certeza que me recorre el alma, la de saber que con Sabina la música es emocionalmente dolorida o no es. Y como no se puede vivir como si la belleza no existiera, fui en compañía de la canción más hermosa del mundo, esa que ronda a quienes insisten en buscarle pies al gato y peras al olmo.

A pesar de llevar más de una década siguiéndole, me sigue sorprendiendo la euforia que despierta sobre todo en los más parvulitos del personal. Esos que insisten en creerse el mito del truhán calavera que hace años dejó de ser Joaquín. Los mismos que con su histeria grupal desdibujan los límites entre un directo de Sabina y uno de cualquier grupete adolescente de moda. Pero en la viña del Señor hay de todo. Y uno no es quién para ponerse exquisito cuando el tipo sobrevive en el sexto piso y en una de esas es su última vez en este valle de lágrimas llamado Toluca.

Con voz ronca incluso para sus estándares, Sabina hizo lo que sabe, poner al público en un puño y meterlo al bombín para hacer con él lo que le viene en gana. Acudiendo a los gags que siguen funcionando a la perfección, no escatima en gastos hasta donde las fuerzas y la salud se lo permiten. Y aunque hoy día hay menos desenfreno y más bohemia, nunca será un asunto menor.

Siempre que me encuentro con Joaquín es una sensación distinta, que va de la lágrima viva a creer que cada vez importa menos. De la vida sin freno del rocanrol, al aprendizaje de la melancolía. Y esta ocasión, luego de once años de conocerlo, ha ocurrido lo impensable: sin dejar de disfrutarlo se transformó en la música de fondo de un concierto donde la estrella era él. Pues a tal grado ha sabido meterse en la vida de sus legionarios, que se hace presente como si nunca se ausentara. Fue eso y, Joaquín lo sabe, la compañía de la musa que está ahí siempre que es necesario.