Australadas

Todos somos macacos

En un acto de sublime exquisitez, sólo comparable a aquellos días en los que La Trevi enseñaba los chones mientras cantaba Doctor psiquiatra o El Burro y Esteban "conducían" El Calabozo, el dueño de los Clippers de Los Ángeles de la NBA, Donald Sterling, abrió la bocota para demostrar que lo suyo, lo suyo es la gandallez a lo tarugo. Como si no supiera que vive en el país de los espías, donde el que no tranza no avanza, se le ha puesto flamenco a su "xikita" bebé por andar subiendo fotos a Instagram con morenazos de fuego del estilo del Magic Johnson.

El carcamán alega que no le agrada que se le relacione con gente de color (café), que su novia puede chocar sus carritos y echar lámina con quien quiera, pero que nomás no se deje ver en sociedad con desagradables compañías. El numerito ha levantado ámpula en la comunidad basquetbolera y hasta el moreno Obama ya se subió al ring para entrarle a la mazapaniza masiva al ente en cuestión por guarro y mala leche. No cabe duda, cuando se abre la buchaca hay que asegurarse que esté conectada la lengua al cerebro.

En días en que la hipercorrección política es el trending topic de la vida moderna, a quién es su sano juicio se le ocurre hacerse el creativo con tarugadas de ese tamaño. Pero como la imbecilidad es contagiosa y no entiende razas ni nacionalidad, al malandro que osó lanzar una banana al pambolero brasileño Dani Álves, en Villarreal, España, por tener el mal gusto de ser oscuro de piel, ya se lo cargó el payaso y me lo han suspendido de por vida para entrar a un partido de fútbol, justo como al magnate angelino pero del deporte ráfaga.

La nota que puso el jugador del Barcelona al levantar el plátano y darle un buen mordisco, ha dado la vuelta al mundo y ha servido para que figuras del deporte empuñen su dominico, macho o Tabasco, poniendo en riesgo el precio del fruto ante semejante demanda. No me imagino lo que pasaría en México si por cada vez que en un partido de la Liga "Muy-X" a un afroamericano se le llama Chocorrol, lanzándole el pastelito de marras. Sin duda las acciones de Marinela se irían a la alza y moriría de envidia el Negrito de Bimbo.

Y peor aún, me pregunto a cuántos dueños de equipos y celebridades se les vendría la noche por decir lo que piensan sin pensar lo que dicen. A cuántos aficionados les tendrían que negar el acceso a los estadios por su lenguaje discriminatorio. Sin lugar a dudas las tribunas serían la sucursal de algún desierto y ser dueño de equipo de pambol o el famosito de moda una actividad de alto riesgo.

Lo que me tiene tranquilo de todo este asunto es que nadie ha acudido a improperios ni insultos que denuesten a ninguno de los zoquetes arriba mencionados. Nadie les ha colgado la etiqueta de imbéciles ni mucho menos. En especial porque la raza sabe perfectamente que el riesgo de un destructor de estatuas es convertirse en una de ellas.

Ante tal escenario no queda más que tomar precauciones, no nos vaya a pasar como a Kent Brockman, el conductor del noticiero de Los Simpsons, quien se colocó de a pechito al dar una nota donde pone en evidencia a terceros, sin darse cuenta que al hacerlo se ponía en evidencia a sí mismo. Seré curioso: ¿de verdad interesa tanto el respeto al otro o es sólo la moda de la corrección? ¡Mientras lo averiguamos, tenga chango su mecate!