Australadas

La indeclinable voluntad de contar

"¿Y la historia Chacho?" Esa era la pregunta con la que invariablemente recibía de niño a mi abuelo paterno cuando llegaba a comer a casa. Imagino las de Caín que habrá pasado el hombre para complacer al chamaco con un cuento nuevo diariamente. Haciendo honor a Sherezade, mientras se lavaba las manos para papear urdía una nueva trama que habría de continuar la tarde siguiente. Historias enlazadas que siempre iban contaminadas con momentos escatológicos, que motivaban la lúdica persecución de Kitty, mi abuela, quien a hurtadillas fisgoneaba el relato haciendo el papel de censora de las buenas costumbres.

Nadie habría de imaginar que tantas ocurrencias verbales harían estragos en la mentecilla del escuincle, aunque era de esperarse que en familia de periodistas, escritores y docentes, a "alguien" le diera por dedicarse a la palabra como estilo de vida. La vocación para el chisme cachetón hizo el resto y el mundo, sin deberla ni temerla, ha sido objeto de gandalleces al ser tomado por asalto como pretexto temático. Luego de los años de escolapio llegaron los tiempos de ganarse el pan con el golpeteo de las teclas de la computadora.

Así surgieron las móndrigas Australadas, luego de responder al curioso anuncio en prensa en el que se solicitaban colomnistas. Aunque en un principio, cuando vieron la luz en el periódico Cambio, se llamaron Mass media: Crítica de la razón mediatizada, siendo rebautizadas luego en honor al correo del Fulano que escribe y a la monserga de transcribir desde el papel de fax sus sandeces.

Así surgió hace quince años una aventura que recaló en El Diario y El Heraldo locales, y posteriormente en El Sol de Toluca, donde por varios años fue secundada la osadía de publicar un par de veces por semana los arrebatos del Carlangas. Hasta que la incompatibilidad editorial hizo de las suyas y con ella llegaron las diferencias de estilo. Fue entonces que quien esto escribe comprendió aquella frase de Peter Handke, "feliz aquel que tiene sus lugares de duración". Y como no hay puertas que se cierren sin que otras se abran, estas palabras encontraron su sitio para durar en Milenio, mi casa desde hace nueve años, donde la libertad para decir se ratifica cada miércoles en el espacio de cultura.

En las Australadas pocos títeres con cabeza han quedado, hay cosas que ni qué, pero sobre todo ha habido ocasión de dejar fluir la pluma, a veces en franca incontinencia verbal y otras encontrando mejor suerte. En un exceso de licencias literarias la hoguera de las vanidades ha sido frecuente, aprovechando viajes de placer y de negocios, y han sido pasado por sus líneas personajes reales y ficticios, unos que permanecen y otros que brillan por su olvido. Todo con una constante, divertirse al escribirlas, con la idea de provocar un pretexto para la reflexión o para la búsqueda de algo, lo que sea.

Cuando conocí a Germán Dehesa le dije que me gustaba escribir y que me encantaría parecerme a él en su estilo. Germán me respondió, genial como era, que lo mejor en todo caso sería parecerme a mí. No sé si lo he conseguido, pero la lucha sigue haciéndose desde aquellos años en que un chaval aprendía el arte de la palabra. Los abuelos encargados del show parvulario se han ido, es verdad, pero se quedaron intactas las ganas de contar cuentos, como este que por hoy llega a su final.