Australadas

Ídolos

Siempre le he echado la culpa de mi ateísmo a la escuela. Sinceramente no encuentro una mejor explicación. Ni una coartada que evite que sea quemado en leña verde por la legión de la vela perpetua. A la escuela y a esas incendiarias voces que inculcaban, entre influjos etílicos y de nicotina, la lectura de dos o tres firmas en pos de la transgresión. Claro que quienes sugerían los textos jamás lo hacían con fines perversos, bueno, eso digo yo. El caso es que igual y sabían que recalaban en tierra fértil y que precisamente por eso le atizaban al fuego cada que había necesidad de recomendar un libraco.

Un amigo de la "inflancia" y la "alcoholescencia" suele sentenciar: "Si ya saben cómo soy para que me dejan suelto". En esas andaba, suelto por la vida, cuando me encontré en la librería con nombre de pacifista hindú un magnífico título. Sapiens: De animales a dioses, del escritor israelí Yuval Noah Harari. En el libro se condensa un breviario de la historia de la humanidad, con la mediación inteligente y cáustica del autor, quien entre muchas aseveraciones refiere la posibilidad de que haya sido el propio Homo Sapiens el autor de la primera gran campaña de limpieza racial de la historia, al haber aniquilado al Hombre de Neandertal.

En su lectura, Harari señala que quizá la mayor de las razones que diferenciaron al Sapiens del resto de las especies del género Homo fue, además de una lengua común, la creación de un imaginario por el cual hablar acerca de las cosas intangibles, como los valores, el dinero y el culto a tótems, tabúes y deidades. En esta lógica, Harari sostiene que en nada se diferencia la creencia en ídolos de barro y la construcción de empresas en la posmodernidad. Y sostiene que luego del invento de la ficción poco de desarrollo anatómico ha ocurrido en el Sapiens de hoy día, en comparación con el de hace 15 mil años.

Tan clavado en la textura del libro ando, que cuanto pasa alrededor lo miro con el tamiz de su lectura. Por eso mi neurosis me puso como energúmeno y al mismo tiempo el libro exorcizó mis demonios, cuando el fin de semana en cierta zona de la ciudad se celebró con bombo y platillo el culto a la figura religiosa de la temporada. El punto no es que se festeje el imaginario a través de un santoral, sino que se pueble el ambiente de pólvora y cohetones, pasando por alto cualquier respeto por el descanso y el oído de los demás. Es el imaginario, me dije, ese que une voluntades en tiempos de crisis de creencias y que satisface la necesidad religiosa en los Sapiens del siglo XXI.