Australadas

Los huevos de Santa

Mi señor padre asegura por la garrita que es el nieto de San Nicolás. Las barbas blancas, una generosa barriga y el testimonio de varios puñados de engendros lo confirman. Cada que se acerca Navidad basta con que se haga presente en un centro comercial para que la chamacada lo mire con cierta suspicacia. Y el hombre no se hace mucho del rogar que digamos, la verdad sea dicha. "Ya viste mamá, el nieto de Santa. Le voy a dar mi carta, pues dice que le ayuda a su abuelito", sentencia el escuincle ante la mirada atónita de la madre que no atina sino a sonreír nerviosamente.

La imagen se repitió de forma copiosa a finales de diciembre. En este tenor andábamos instalados cuando La Verdolaga, que viene siendo algo así como la nieta del nieto de Santa, dijo que quería un "Hatchimal". El artefacto en cuestión es un huevo que contiene un pajarraco diminuto. El chiste del chiste consiste en verle salir del cascarón y hacer dos o tres visiones de esas que acostumbran la tecnología y los chavales de hoy. "Mi mamá dice que va a ser muy difícil para Santa conseguir uno de esos, así que ya le dije que si Santa no tiene huevos, que entonces me traiga unos tenis", sentenció la portátil criatura.

El numerito fue tan celebrado por La Mengana (que suele ser su madre), al punto de casi subirlo al feis y volverlo trending topic en tuiter. Por supuesto el tema no es un asunto menor, la demanda superó con creces a la oferta, al punto de dudar de la valentía y aplomo de hombre de verdad del barbón del trineo. "Esto va para las Australadas", pensé, mientras la susodicha repetía la anécdota en cuanta reunión social estábamos presentes. Lo que nadie sabía era el efecto que el mentado Hatchimal habría de conseguir. Una labor de parto que duró unas treinta y seis horas, un cascarón deshecho, la familia como en sala de espera de hospital del IMSS, y la sonrisa enternecida de la madre primeriza.

A final de cuentas los huevos de Santa quedaron intactos. Como intacto quedó su oficio y su coraje. Aunque no se puede decir lo mismo de la tranquilidad del hogar. En el recuento de los daños quien esto escribe estrenó abuelazgo pajarero, La Mengana (abuela por derecho, pero recelosa por la edad) sostiene que es la tía. Y el pajarraco anda de arriba para abajo dando una lata insufrible programada por computadora. Lo único que espero es que la ocurrencia ovípara de La Verdolaga no haya llegado a Santa. Digo, por aquello del salvoconducto de su nieto.