Australadas

De hocico espumeante

Muerto el perro se acabó la rabia, dice la sabiduría popular. Aunque para ser justos los dichos y dicharachos no por ser del pueblo son siempre precisos. Para el caso del imaginario mundial y, sobre todo, del cubano, la muerte de Fidel Castro otorga un sentido distinto a la máxima con que inicia este debraye semanal. Sí, el dictador murió, pero la rabia sigue viva y coleando, de hecho, se encargó de mantenerla viva varios años antes de su muerte.

Pocos sitios en el mundo como Latinoamérica para encarnar lo más granado de la perversión humana en la figura del poder. Desde la Patagonia hasta el Río Bravo, el caldo de cultivo es seguro en esta región nada transparente que resulta fuente inagotable para el saqueo y la degradación. Y Cuba no ha sido, ni por mucho, la excepción. Por más que se insista en defenderla y en justificar su régimen.

El problema, en todo caso, reside en la distancia que marcó desde la gesta revolucionaria con respecto al imperio yanqui. Y en la simpatía generada con todo aquel que se suscribiera a la causa desde la izquierda. Lo cierto es que una tiranía sigue llamándose tiranía, sin importar el lado del mundo desde el que se le mire. Y eso es algo que los entusiastas radicales nunca han podido o querido entender.

Aquella romántica idea de la revolución, teñida de consignas, discursos incendiarios y músicas militantes, dejó de tener vigencia para transformarse en una artimaña deslavada que únicamente podía servir como medio represor del propio pueblo cubano. Y también como agente de viajes que asegurara la entrada de divisas gracias a trasnochados turistas contraculturales.

El perro murió y, sin embargo, la rabia sigue maniatando a un pueblo acostumbrado a sobremorir de aislamiento, incluso en tiempos de simulada apertura de fronteras, de vuelos que ensayan el regreso a la isla, de intentos por cancelar embargos. Pienso en el can y en la enfermedad que deja tras de sí. En eso y en aquel magnífico pretexto para deambular por las entrañas de un mal que no por latino deja de encontrar lugar en el resto del mundo.

Se trata de Historia mundial de la megalomanía, desmesuras, desvaríos y fantasías del culto a la personalidad, de Pedro Arturo Aguirre. Una cauda de atrocidades, excesos y absurdos que acompañan el ejercicio del Poder. Naturalmente Fidel tiene un capítulo dedicado. Él y el resto de la jauría que se niega a morir sin antes asegurar que la rabia siga encontrando víctimas y adeptos.