Australadas

La histeria de la historia

Sé que hay de poderes a poderes y de pachecadas a pachecadas. Pero si un día algún malandro pero generoso ser del Olimpo repartiera dones de superhéroe, yo pediría viajar en el tiempo. Siempre me ha gustado el chisme cachetón, y andar de pata de perro entre las eras, los periodos y las épocas sería una estupenda manera de enterarse de las cosas de primera mano. Porque es odioso que alguien cuente, no sin ínfulas de petulante sabihondo, lo que pasó alguna vez en este mundo matraca.

Seguramente como miembro erguido de la generación de los ochenta, me marcó tremendamente la saga de Volver al futuro, pero aunque no me disgustaría en absoluto viajar en el Delorean, pienso en una manera un poco más sofisticada y actual de aparecer campechanamente en otro momento del mundo. Mi estilo es, digamos, más pizpireto. Con la magia de la desintegración y ya que anda tan complaciente el ente del Olimpo, me haría el aparecido, digamos, en pleno toquín de Woodstock en aquel 1969, para recetarme el show de Carlitos Santana.

O en el "Avandarock y ruedas" dos años después, para atestiguar si, como dicen los enterados, estuvo dura la macicez. Me lanzaría al momento justo en que se le viene el búnker (y el mundo) encima a Hitler, para enterarme si de veras se lo cargó el payaso en ese día de abril del 45. Me colaría hasta la primera fila en torno al muro de Berlín, buscando hacerme de alguna piedrusca para adornar la sala y presumirla con la perrada Corcuera y Limantour.

Y ya entrados en gastos, aparecería coquetamente en el verano de 1998 en el París de Les Bleus, los pamboleros galos que provocaron un maremágnum en Champ-de-Mars. Y de paso me regresaría unos cuantos añitos, digamos 111, para presenciar la inauguración de la Torre Eiffel y ser testigo de la cara de fuchi de los parisinos, que, según me dicen, odiaban el armatoste por ser feo con efe de foco fundido.

Ya en París, volvería al siglo XX y me toparía con Jim Morrison justo antes de que colgara los tenis aquel 3 de julio del 71, nomás para echarme unos tragos con él la noche anterior a su inminente muerte o, cuentan los sospechosistas, desaparición. Y hablando de ello, confirmaría si Pedro Infante y el propio Elvis se fueron de mineros o nada más le hicieron al "pini demon" para zafarse de la fama y alguna que otra "xikita".

Sería fantástico acudir al encuentro con los próceres de la historia para averiguar si eran tan admirables o solamente eran personas que hacían lo que podían con lo que tenían, pongamos que hablo de Juárez, Morelos o Zapata. Y me daría las tres con los exabruptos ridículos del Santo Oficio, para comprobar que todo presente y en el nombre de Dios ha sido peor.

Pero lo verdaderamente exquisito sería conocer a Da Vinci, Galileo y Aristóteles, departir con ellos y ser testigo de los delirios de su genialidad y contaminar un poco su tiempo con los bichos del mío. Aunque el riesgo es que les ocurra como aquella vez que Homero Simpson viajó a la prehistoria. Con la consigna de no tocar absolutamente nada, por aquello de la alteración del tiempo, por descuido pateó una piedra y entonces la hecatombe se hizo posible, y vino la extinción de los dinosaurios. ¡Cielos pá! Creo que mejor me quedo aquí, por aquello de las malditas dudas.