Australadas

El dilema de Dylan

El año pasado se me notificó que no era candidato al Nobel de Literatura. Este año ocurrió lo mismo. En realidad, este año comprendí haber perdido cualquier posibilidad y, al mismo tiempo, gané perdiendo. Como con aquel proverbio italiano donde un parroquiano le pide encarecidamente a Dios que le ayude a ganar la lotería, mientras Dios le pide encarecidamente que compre un boleto para echarle la mano, nunca he hecho demasiado por ser candidateado al Nobel. Ya no digamos de Literatura, tan siquiera el de la Paz.

Por eso entiendo a la horda de membranitas que se rasgan las vestiduras porque el honrado en este año no ha sido ningún ilustre desconocido, ningún hijo de vecino, ningún tal por cual. Todo lo contrario, es un sospechoso común, pero de la cultura popular. De hecho, se trata de un hijo de la contracultura, esa especie de dinosaurio que en la cúspide de su vejez sigue haciendo música y dando conciertos, a una edad a la cual seguramente muchos de los-abajo-firmantes no conseguirán llegar (al menos no en plenitud de facultades).Lo que cala es la risa, dirían los canijos. Esa punzada en el orgullo del purismo intelectual y de la raza que se ha apresurado a desmerecer el logro nominal y la marmaja en dólares que trae consigo el Nobel. Dylan, a diferencia mía, ya había sido contemplado (o al menos candidateado) al premio en anteriores ocasiones. A la usanza de Bono, el de U2, quien figura con singular frecuencia en torno al Nobel de la Paz, el viejo Bob ha sido el presunto implicado en una lista siempre cuestionada y que suele poner de acuerdo a muy pocos.

Para los iniciados no hay mucho que decir de un Premio Príncipe de Asturias que ha sido también Premio Pullitzer. Para los sorprendidos hay 43 discos de estudio y un caudal enorme de "best of", rarezas, homenajes y joyas como el disco doble de los Traveling Wilburys. Eso y muchas horas de lectura de sus letras, porque, a fin de cuentas, la lírica es una expresión literaria, un género en sí mismo, y en ella se encuentra la poética de Dylan. Estudios universitarios la legitiman, pésele a quien le pese.

Demasiado se hablará del tema y otro tanto habrá de dejarse a la suspicacia. Y aunque no sabemos si acudirá por su premio, un par de cosas tengo por ciertas: Bob Dylan no tendrá menor estatura por no colgarse el galardón, ni mayor si lo recibe. Por mi parte, este año no pienso rechazar el Nobel. Y tampoco obtenerlo, naturalmente.