Australadas

500 crisis para una noche

Dios los hace y ellos se juntan. Sin más explicación que esa llana sentencia popular, acudimos puntuales a la cita con el presente La Mengana y el fulano de su Fulano el fin de semana. Claro, en la sentencia participan además de alguna suerte de destino, filias, fobias y una buena dosis de pasión, sin la cual el asunto nomás no cuajaría. Me explico: Hace tres meses entré en estado catatónico nomás enterarme que Joaquín Sabina regresaba a tierras tenochcas. Como suele ocurrirme, le rasco hasta el ánima al cochinito, desbalanceo las finanzas domésticas y hago trastabillar su microeconomía con tal de conseguir los mentados boletos (cualquier semejanza con la situación de nuestro país es mera fregadera).

Cuando se compran los tickets con tanto tiempo de anticipación las semanas pasan como cuando un auto arranca en cuarta, len-ta-men-te. Esto tiene dos ventajas, la primera es que cada vez que uno recuerda que ya los compró viene una sonrisita algo tonta, pero siempre satisfactoria. La segunda es que para cuando el "chou" llegue, con suerte hasta los boletucos han sido liquidados, lo que trae sanidad a las cuentas familiares y paz al entramado con la dueña de las quincenas.

Total que con las entradas en la mano nos lanzamos La Mengana y yo hacia la Capirucha para reencontrarnos con Joaquín (cuando se le ha visto con anterioridad uno no puede evitar sentirse su cuatacho del alma). Llegamos al Auditorio Nacional con el tiempo suficiente para padecer la falta de lugares de estacionamiento, pero sabiendo que la espera valdría la pena. En la peli "Pulp fiction" Uma Thurman le dice a John Travolta lo maravilloso que es volver del baño y encontrar con que en la mesa está esperando el platillo que uno solicitó. Algo por el estilo estaba por suceder. Nos adentramos en los pasillos del lugar y casi al sentarnos comenzaron a sonar las primeras notas del concierto.

Sabina es tan Sabina, por decir lo menos. Y quienes lo hayan visto no me dejarán mentir. Se trata de un rufián con un empleo impecable del español. Un impúdico animal sin pedigrí con formación de poeta del Siglo de Oro. Un canalla hipersensible que, no obstante, es un tío estupendo, como dirían los gachufas. Por eso siempre es un deleite reencontrarse con él. Con Sabina, con Panchito Varona y Toñito García de Diego. Y el resto de la banda que se han vuelto sospechosos comunes en las últimas giras. Pero sobre todo en ésta, 500 noches para una crisis, basada en el disco 19 días y 500 noches, quizá el mayor trancazo de la carrera del andaluz.

Durante dos horas y 40 minutos discurrieron los clásicos del repertorio y una que otra novedad añeja, de esas que nunca le habíamos escuchado en directo. Vinieron los gags de rigor y los versos desde el clasicismo. El espaldarazo escénico a Noha, una cantante israelí, y la consecuente indiferencia de la perrada que prefirió ir en pos de la escala técnica. Las rolas de los músicos y los bises infaltables. El recuerdo a Chavela Vargas y el réquiem a Juan Gelman, el amigo, más que el poeta. Nada mal para un tipo con 50 y 16 a cuestas, "aunque aparente 50 y 15", sentenció La Mengana.