Australadas

Cada ciudad puede ser otra

Viajar es desprenderse de una naturaleza para adoptar otra. Significa renunciar por tiempo limitado al lugar común y vestirse de extranjero. Con el cartel de anónimo en la solapa se puede volver a comenzar en otro sitio. Aunque sea por unas horas o por siempre. Por eso viajar es una apuesta tan seductora, es el juego del destino donde lo único seguro es que no hay nada seguro. Es decir, como la vida misma. Pero en otra geografía y con distinta gente.

Cada que se puede (e incluso cuando no) merece la pena la metamorfosis en perro para consagrar esa pata que deambula. Quizá por el apego a lo incierto o por la certeza de la aventura, cometer la fuga es el placer culpable que se vuelve permisible con la máxima de que los viajes ilustran. Pero volar, hacer camino al andar, ir con diario de ruta, es más que una lustrosa experiencia. De esto hablaba en uno de esos lapsus que los "idos" solemos tener. Es decir, en un momento dado en el que la ingesta de tubérculo poblano se hace presente.

Como en esta época los viajes se encuentran en estado prohibitivo por asuntos de economía doméstica y los paraísos artificiales se antojan harto distantes (no voy a inaugurarme un nuevo vicio caro a estas alturas de la vida), no ha quedado más que viajar a punta de sonidos. Y recordar algunas historias andadas y los kilómetros acumulados. Por eso la música es tan efectiva, porque acude siempre que se le requiere y sin retraso.

Ahí aparecieron las clásicas de los sitios imperdibles: "Bajo el cielo de París", con Edith Piaff; "Paris", de Elton John y "I'm throwing my arms around Paris", con Morrissey. O qué decir de "Paseando por Roma", de Soda Stereo; "King of Rome", con Pet Shop Boys, y "On an evening in Rome", de Dean Martin; "Madrid, Madrid", con los españolísimos Hombres G; "Madrid" del dueto Pereza (con ese detalle confesor "eres mi rincón favorito de Madrid"). Sin olvidar, naturalmente, el "Pongamos que hablo de Madrid" y "Yo me bajo en Atocha", del flaquísmo de Úbeda, Joaquín Sabina.

Billy Joel obsequia dos viajes en primera clase con "New York state of mind" y "Vienna". Y ya que estamos en la Gran Manzana, ahí están Eagles con "New York minute"; "Leavening New York", de los desaparecidos REM, y "New York, New York", con Moby. Y en el otro lado de la costa "L.A. Woman", de The Doors, "San Francisco", con Train y, obviamente, la historia de Scott Mckenzie con todo y flores en el cabello. En camino a la región austral del continente, Fito Páez hace de guía de turistas con la interminable "Habana" y luego nos lleva de la mano al barrio de La Boca con Borges, Dios y el rock and roll en "Buenos Aires".

De vuelta al otro lado del charco podemos darnos un quién vive con "Berlin", de Snow Patrol; "Barcelona", en la voz de Freddie Mercury; "Amsterdam", con Cris Martin y los Coldplay; "London calling" de The Clash; "Venecia sin ti" con Los Mustang; "Copenaghe", de Vetusta Morla; y, una vez más, Sabina con "Cristales de Bohemia", en honor a Praga.

Sin ánimo de enmendar la etílica plana de José Alfredo, las distancias no apartan las ciudades. Como ocurre con un puente, que sirve para unir los dos extremos de un río y al mismo tiempo impide que éste se separe más, las millas acercan geografías. Y qué maravillosa necedad esta de construir costumbres a partir del viaje.