Australadas

Sin cambio no hay cambio

Sería por ahí de 1999 cuando comenzaron a aparecer por la ciudad. Toluca daba la bienvenida a las tiendas de conveniencia, muy a pesar de la preocupación de dueños de estanquillos, misceláneas, abarroterías y chiringuitos. Con su llegada se hizo presente la posibilidad de comer en sus instalaciones, como diría Michael Pollan, “sustancias comestibles con aspecto de alimento”. Sopas instantáneas, palomitas, hot-dogs y otras chatarritas, maridadas con la consabida Coca.

Quién iba a imaginar que estas tiendas habrían de pulular como Gremlins en aguacero. En la tradición del himno nacional, un Oxxo en cada esquina nos dio. Y con su presencia tan evidente como insultante, llegó la disminución de un valor agregado que al principio advertimos quienes celebramos la grata sorpresa de la conveniencia. Lo que en un principio fue atención esmerada, dio paso a un áspero intento de relación comercial.

Y no es mi imaginación o el producto de una necesidad de ser tratado con exquisitez. He escuchado a muchas personas que se quejan del pésimo servicio de estas tiendas y de lo mucho que ha cambiado con el paso del tiempo. Lo sé porque hace unos días sufrí en carne propia la incompetencia de quienes se rentan para servir a la marca y sobre todo a los clientes que dan sentido a su trabajo.

Bajo la consigna de no haber cambio suficiente para hacer frente a un billete de 50 pesos por el costo de un refresco, se me pidió esperar a que hubiera monedas, lo que me devolvió a los tiempos de la tienda de la esquina, con la típica viejecita neurótica al frente. Pero sucede que en estos changarros no suele haber viejecitas y menos debería haber neurosis. Porque se trata de la conveniencia de un sitio donde hay lo que se busca y resulta cómodo y rápido, eficiente y respetuoso. Conveniente y nada más.

Eso fue lo que argumenté al acudir al corporativo luego de sentirme ignorado al solicitar un canal para expresar mi queja. Y no es cosa menor, se trata de un mal tan extendido como ilustrativo. Y no porque las monedas brillen por su ausencia, que de hecho no deberían escasear, sino por el desdén con que los empleados miran a la clientela. Asunto por demás estúpido si se piensa que sin clientes no hay ventas. Una lógica que muchos de ellos no comprenden, porque lamentablemente no saben que no saben. Por suerte la queja causó ámpula y alguien del corporativo acusó recibo y vergüenza. De otra manera, insisto, sin cambio no habría cambio.