Australadas

Zarandajas

La neta del planeta es que sigo en shock. Y nomás no sé por dónde comenzar a desenmarañar este espíritu que de tanto caos lo traigo dislocado. Todo comenzó con el trolleo a Lady Gaga por sus guantes para sacarle el cochambre a la estufa o darle duro al W.C. Digo, a quién se le ocurre en plena gala de los Oscares salir con su batea de babas. El hecho fue ridículo incluso para los estándares de la Gaga-ras. Lo único que pudo haberla salvado es su presentación en la que demostró que, contrario a lo que todo mundo piensa, sí sabe cantar. Pero de cualquier manera el daño ya estaba hecho.

Luego vino el desliz escénico de Madonna y su capa rebelde. Ahora resulta que a su edad vino a dar su mal paso y a morder el polvo de fea manera. Como con el sopapo de Juanga, el asunto se viralizó y las lenguas viperinas comenzaron a hacer su agosto en febrero. Ya luego salió la diva con que la perrada se ensaña con ella por ser veterana y que se siente discriminada. ¡Ternuritaaa! La pobre no sabe que no se le discrimina por betabel, sino por tener mal gusto. Mi tía Juana La Cachonda solía decir que hay tres cosas en la vida que no se pueden ocultar: el amor, el dinero y el mal gusto. Y Madonna ha adolecido de mal gusto por muuuuchos años.

Pero lo que sí me vino a caer en pandorga fue esa hiperlactosada del vestido blanco con dorado, que en realidad era negro con azul y que puso de cabeza a todo mundo en la red. Me cuentan mis fuentes que todo se ha puesto del cocol y que los oculistas no se dan abasto con tantas confusiones cromáticas. Pero lo más inexplicable es qué tan del nabo tenemos que estar como sociedad mundial para que un tema de tal naturaleza se convierta en trending topic y se hable de él hasta por los codos, para que tenga en un puño a tanto curioso que bien podría estarse ocupando en cosas, digamos, menos epidérmicasy más útiles.

Después de estas joyas de la semana, la caída de La Tuta fue lo de menos. Mereció menos atención que el final de Mi corazón es tuyo, que ya de por sí se antojaba para acabarse, ¡pero cinco meses atrás! Me da la impresión que a lo malosos ya no los hacen como antes, que andan medio desmejorados y ya no despiertan ni el interés de la señorita Laura, la Sánchez Azuara y otros respetables seres por el estilo. Por eso uno acaba viendo La rosa de "Guadalumpen", y recetándose los juegos de la U. de G., sobre todo ahora que los Pumas han vuelto a ser esos gatitos, como fueran bautizados por Vergara, en el único momento poético que se le recuerde.

Y ya curado de espanto me sale Michelle Rodríguez (la gringa con rasgos latinos que salió del anonimato por el bodrio Rápidos y furiosos), con que los latinos, asiáticos y afroamericanos deberían buscarse sus propios superhéroes y dejar de utilizar los estereotipos estadounidenses. Alguien debería decirle a la niña que los arquetipos de la cultura pop de su país son sostenidos en el mundo entero por las mayorías a las que se refirió y que, si un poco de vergüenza tuviera, debería entendería que tanto daño hacen al clima mundial sus peroratas discriminatorias, como las seis películas y contando de esa fechoría que la forró de billetes verdes. ¡No hay que ser para que no nos digan!