Australadas

El Vive Ladino necrosado

Lo reconozco, es un asunto de mórbidas proporciones. Pero la culpa la tiene Tupak Shakur y el montón de gente que me preguntó el pasado fin de semana si no me iba a lanzar "al-Vive". En mi calidad de misántropo posmoderno he decidido asistir a espectáculos masivos si (y sólo si) son en "peyperviú", recetándomelos desde la comodidad de casa, o si la armonía doméstica va de por medio (léase que a La Mengana le dé por querer ir a algún concierto y ahí sí ni modo de hacerla de tox).

Digo que tiene la culpa el morenazo de fuego Tupac, por aquella aparición que hiciera (que le hicieron hacer) en el Festival Coachella 2012, donde ofreció un toquín a punta de hologramas. Cuando nadie sospechaba que los finados pudieran ser parte de la estoica tradición gringa del regreso, en especial contra todos los pronósticos, que nos dicen tómala, cachetón, que ahí te voy. Por su culpota y la de aquellos que insistían en preguntarme la cantaleta del Vive "Ladino" es que me dio por divagar (cosa nada rara) en absurdos (algo todavía menos raro).

Pensé en una tocada llena de hologramas, con un cartel que incluiría a la Bruja "cómica" Janis Joplin, empinando el codo al hacer un dueto con Hendrix, mientras los acompañaba Bryan Jones. En otro escenario, Kurt Cobain estaba anunciando que se odiaba a sí mismo y quería volver a morir, y el resto de Nirvana jurando que eso ya lo habían visto antes. No muy lejos de ahí, en el bar de la sala "viaipi", Jim Morrison se embriagaba hasta las manitas, mientras Manzarek, más pálido que la harina, hacía corajes al tiempo que sostenía que había cosas que nunca iban a cambiar. Amy Winehouse, envinada, hacía esfuerzos sobrehumanos por permanecer de pie, mientras su familia insistía en que llevaba años sobria. Los mismos de muerta.

Y tras bambalinas estaba la fiesta con John Bonham, tocando batería de aire y Bon Scott echando trago y esperando su turno para acompañar a Freddie Mercury y Bob Marley en una versión reggae de Bohemian Rhapsody. Y ni qué decir de Elvis Presley, flaco "hasta los huesos", pero con la misma energía para restregar la pelvis al respetable. Y por supuesto, el momento memorable de la noche, la hora cuchicuchi, los Fab Four tocando juntos y dejando que sus egos hicieran nuevamente la labor de separarlos. Como si nadie hubiera comprendido que hacían falta un par de balas para reunirlos nuevamente, Harrison y Lennon se fundieron en un último pleito con McCartney y Ringo.

Descansando luego de un recital puro y duro, Cliff Burton, Johnny Ramone y Syd Barret saciaban sus apetitos carnívoros con unas grupis, que nunca faltan. Y también estaba Michael Jackson, robando cámara y huyendo de la prensa que creía que se había vuelto a morir. Así fue el pasón necrológico, la pasarela de la muerte, así lo imaginé hasta que el sentido común me trajo de vuelta a la tierra.

Entonces entendí el inminente peligro que corríamos. Que no se nos escapara el chirrión por el palito y en vez de salir relucientes como nuevos de paquete, los cadáveres podrían salir de sus tumbas como en un episodio de The walking dead, desfigurados, en descomposición y con ganas de comer cerebros. Y entonces sí, nos iba a cargar el payaso.