Australadas

Valdamientos

Hace algunos sábados mi mujer me sorprendió viendo por televisión el partido Barcelona vs. Atlético de Madrid, y extrañada me preguntó, con esa particularidad incisiva que tienen las dueñas de los senderos por donde uno anda, ¿pues qué ocurrió, no que no te gustaba el fútbol? Ocurre que tiempo atrás le había confesado que amaba el deporte de las patadas pero que había evolucionado. ¿Y entonces?, dijo La Mengana.

Hubo necesidad de contarle que se trataba de un partido especial, de una liga que no es cualquier cosa y entre dos equipos que, por razones emocionales, me pueden lo suficiente como para hacer excepciones en mi hiperlactante enfoque darwiniano. Pero nada fue suficiente, la respuesta no sólo no la satisfizo, sino que su pregunta sigue retumbando en mi cabeza.

He pensado en ello al punto de buscar alguna explicación sensata en la irracionalidad de dejarse llevar por veintidós entes correteando un balón. Y lo único que he encontrado, además de la razón que le asiste a La Mengana, han sido las palabras que hablan de eso que ocurre en las canchas y en las pantallas.

Me explico. Desde que tengo uso de desmemoria futbolera me refugié en la literatura, quizá para no creer que todo estaba perdido, aunque lo estuviera. Y en horas de cuestionamientos existenciales ha vuelto a aparecer para insistir en ello, pues poco o nada se pierde cuando la palabra sale al rescate, incluso del fútbol.

Con el paso de los días me he reencontrado con los textos de Jorge Valdano, cuyas líneas he leído decenas de veces como quien mira la repetición de las mejores jugadas de una jornada. Algo hay de maravilloso en la prosa del llamado filósofo del fútbol, que le hace útil para sanar heridas de sobreexposición a los partidos y eficaz para curarse de fanatismo. Y de paso para responder preguntas difíciles.

He recordado y leído materiales donde el argentino consigue situar la pelota más allá de la visceralidad abyecta con la que se concibe este deporte, pues como sostiene "el público se hace muchas ilusiones antes de un partido y luego exigen que esas ilusiones su cumplan", y eso suele acarrear descontentos que la tribuna no acaba por racionalizar.

Con su relectura he encontrado las propias revelaciones del escritor, que dan vuelta a la idea de que el carácter popular del balompié está divorciado de la escritura, en particular cuando señala que "da la sensación de que los intelectuales le han perdido el miedo al fútbol". Y cómo no ha de ser si desde Benedetti hasta Galeano, pasando por Fontanarrosa o Sacheri, la letra ha sido pródiga con esa actividad lúdica que sigue siendo lo más importante de lo menos importante.

Tal vez por ello es que ante semejantes monstruos no le quede más remedio que acudir a esa rara virtud argentina que es la humildad, para reconocer "no soy un gran escritor pero soy un gran lector, sé dónde están los buenos y sé dónde están los malos". Claro, eso ocurre cuando al tiempo que se patea un balón profesionalmente, se convierte en devorador profesional de libros.

Y gracias a esa virtud es que uno está en condiciones de justificar una filia tan incomprensible, como absurdo resulta, por mero ejercicio de incongruencia, evolucionar y seguirse apasionando por el deporte más hermoso del mundo. En fin, después de todo le diré a La Mengana que disfrutaré el rodar del balón, mientras las palabras sigan hablando.