Australadas

Trolleo en tiempos de las selfies

Qué lejos están aquellos tiempos en que la gente decía: "si lo dijo Jacobo es cierto", en alusión al prestigio periodístico de Zabludovsky. Eran épocas en que la única verdad estaba en manos del monopolio televisivo y el ente en cuestión gozaba de una credibilidad fuera de cualquier cuestionamiento. Claro que los años han pasado y las fuentes de información multiplicado, trayendo consigo diversos ángulos de vista y, sobre todo, el hecho de que no existan verdades únicas e inmutables.

Hoy la realidad se filtra a través de diversos canales y con el imperio de los celulares con cámara cualquiera es reportero, juez y parte. El problema reside quizá en que, como con Jacobo, si no aparece en video o en foto nomás no existe. Grabaciones de seis segundos para "twitter", pics con photoshop pa´l feis, memes que legitiman el humor, desde el más jocoso hasta el más infame. En fin, los recursos multimediáticos al alcance de un clic. La virtualidad como la expresión más autentica de la democracia.

En un mundo gobernado por los pixeles nadie quiere perder la oportunidad de presenciar algo, de dejar constancia de lo que vivió. Eso explica que los ojos sean sustituidos por la eficacia de la lente. Es preferible grabarlo que verlo en directo, pues para disfrutarlo ya habrá tiempo más tarde desde el celular. Este fenómeno ha vuelto en camarógrafos permanentes de la realidad a aquellos con la afición, cada vez más extendida, de dedicarle megas de paciencia al testimonio del presente.

Como corresponsales del destino y editores de la posmodernidad, los miembros de esta comuna de fans de las redes sociales, antes que después se aseguran de que el registro de cualquier evento sea del dominio público. Como si careciera de sentido ir por la vida llenando la memoria del teléfono, si no se sube a la red. Twitteo, luego existo. El muro como prueba de que uno es mientras publica. Y claro que la odisea no está completa hasta que el contexto certifica el logro con el respectivo comentario.

Quizá uno de los recursos más celebrados, por la amplitud de su uso, sea el de las selfies, esas fotos tomadas desde el alcance del brazo, sin más tripié que el cuerpo mismo y mayores recursos técnicos que los que ofrece la cámara fotográfica. En solitario para la imagen del perfil, con la consabida pose de duck face, o sea, los labios estilo Johnny Laboriel; en compañía de los cuates desde el guateque; con un telón de fondo que ilustre que uno es un ser mundano y no pedazos, y a lado de cualquier celebridad que se deje ser retratada.

Lo importante es figurar. Insisto, si no está consagrado en imagen no existe, nunca sucedió. Y como la vocación por el chisme es tan natural en tiempos de las selfies, las horas pueden pasar frente a uno de la mano de todo lo que vagamente registró la pupila, pero que está almacenado para tranquilidad del alma cibernauta. No cabe duda, son tiempos de autogestión simbólica y de ingesta visual a punta de instagram. ¡Cómo te han olvidado Jacobito! Nada más por respeto al decano del periodismo, si un día me lo encuentro juro que no le pido que se saque una foto conmigo. Bueno, nomás una, pero para el muro... de los lamentos.