Australadas

Tragaldabas

Un contencioso se ha establecido entre mi amiga La Guai, su señor, El Vic, y este Fulano que escribe. La primera sostiene que en asuntos arroceros no hay paella como la valenciana, y que todo lo demás no es sino arroz con "txitxaros", así como se lee. Mi cuate El Vic (que aunque sabe que es mejor la paz doméstica no desaprovecha la oportunidad para "molestingar" a su "brujer") sostiene que, en efecto, hasta entre los paelleros hay grados de cocción. Y yo insisto en que no hay necesidad de ser más papistas que el Papa, que la mejor paella es la que más gusta y que ante la ausencia de una denominación de origen cualquiera con buen sazón puede decir esta boca es mía.

Tales alegatos color azafrán nos llevaron a buscar un buen sitio en la capirucha para encontrar, si no la respuesta a nuestras peroratas, por lo menos algo digno de ser comido, toda vez que en el valle de lágrimas tolucense al parecer a nadie le importa demasiado hacer una paella decente. Así fue que llegamos a la calle 16 de septiembre en el Centro Histórico del defectuoso, con el corazón abierto y el estómago vacío, demasiado vacío, señal inequívoca de que una batalla épica estaba por fraguarse. Pobres de mis cuatachos del Círculo Vasco Español, no sabían en la que se estaban metiendo con este trío de rufianes.

Ninguno de nosotros conocía el chiringuito en cuestión y nada más subir las escaleras y adentrarse en el edificio nos sorprendimos viajando en el espacio. Porque una vez que nos dieron mesa hubo que poner manos a la obra y a papear que el mundo se va a acabar. En la barra estaba esperando ser devorado un oasis de sabores, texturas, aromas e imágenes que nos llevaron hasta Iberia y nos trajeron de regreso: Comenzamos con la calidez del caldo gallego y ese toque característico de los brotes del nabo que le acompañan junto con las papas.

De ahí y ya que andábamos en el tenor de los potajes, le dimos oportunidad a la fabada asturiana que por sí sola fue toda una revelación de fortaleza por el compango, compuesto en esta ocasión de chorizo y tocino. Y como donde se comen dos potajes se comen tres, que llegan los callos a la madrileña y entonces sí supimos que ya nos había cargado el pintor. O como dijeran los clásicos, el hocico se nos había calentado y ahora para que nos pararan iba a estar en vasco.

Luego de los platos hípercalientes hubo necesidad de hacer caso a los caracoles al ajillo, que desde su trinchera gritaban por un poco de atención. Y en la misma línea estaban unas estupendas setas al ají, que de tan carnosas parecían pollo. Y luego, a darle que no era mole de olla y sí pulpo en su tinta, ostiones a la Rockefeller, mejillones al mojo de ajo, lasaña de mariscos, pecho de ternera, tortilla española y dos o tres minucias que por el pánico escénico, el hambre atroz y la desmemoria propia del colectivo glotón, han pasado a mejor vida.

Como ocurrió con la joya de la corona, que en realidad fue el motivo de la visita. A la mesa llegó con su halo de soberana una paella que de sabrosa dejó sin argumentos a La Guai y al Vic, quienes para ese momento estaban, como este Fulano tragaldabas, comenzando a sucumbir ante los embates del mal del puerco que llevaba dos horas y media en fila de espera. Y es que ya se sabe, de comer y rascar lo difícil es empezar (y también terminar). ¡Josu!