Australadas

“Tómalo por el lado amable, Boti”: El Chómpiras

CH

Esas eran las letras que en rojo y en medio de un corazón amarillo adornaban el pecho de cierto parvulito que se salió con la suya al pedir a madre y tías que le disfrazaran de paladín de la justicia para una fiesta de cumpleaños. El reventón en turno no era el suyo, pero eso le daba igual. Armado con un chipote chillón y unas coquetas antenitas de vinil, enfundado en mallas rojas que combinaban con los cachetes chapeaditos, el escuincle fue, como era de esperarse, el alma de aquella fiesta ajena.

Ignoro si la cumpleañera se dio por aludida o si pensó que parte del show por su jolgorio consistía en tener como invitado al crío no reconocido del Chapulín Colorado, pero de que fue todo un suceso, ni duda cabe. Como recuerdo de aquella ocasión alguien tuvo a bien inmortalizar la ocurrencia y sacar una fotografía que acabó enmarcada y coronando por años la habitación del Fulano que esto escribe. Esa es la imagen más lejana que tengo de Chespirito y por obvias razones la más entrañable.

Tal vez algo por el estilo consiga explicar el enorme furor que desató que Roberto Gómez Bolaños haya colgado los tenis. La presencia de alguien que formó parte de la vida de millones no es asunto menor, incluso si fue por accidente, costumbre o porque no había nada peor que ver en la televisión. Lo cierto es que prácticamente nadie en este país en ruinas podría declararse ajeno a su partida y menos aún a los personajes con los que crecimos dos o tres generaciones. Si ése no es el arte de la influencia, yo no sé qué podría serlo.

Más allá de la lentitud rítmica de sus sketches y de la insufrible repetición de los gags televisivos, de la cuestionable calidad de sus historias cinematográficas, e incluso del estigma y tufo a Televisa, Chespirito es quizá el último gran eslabón de esa casta de comediantes que fungió como factor de cohesión de la raza en torno a una pantalla, como en su momento lo hicieran Cantinflas o Tin Tán, en la región 4, o Chaplin en las grandes ligas.

En el episodio Homy El Payaso, de Los Simpsons, el capo de la mafia local, don Vittorio, reconoce la importancia del don de la vida en un ser consagrado a la comedia, cuando señala que sería un gran crimen matar a un hombre gracioso, a un genio. Ello porque Krusty tiene una deuda con él que aún no ha saldado, misma que forma parte de un entuerto en el que Homero descubre el tremendo parecido que tiene con el payaso. Así como Homero, casi todos los que fuimos seducidos por el humor de Chespirito terminamos pareciéndonos a él, ya sea por imitación consciente o por alusión involuntaria.

Y al mismo tiempo casi todos acabamos pensando como el mafioso aquél, porque en tiempos de esta insolente estupidez que nos abruma, que el barbón de arriba decidiera llevarse a un hombre gracioso es un gran crimen. Por más que el asunto adquiera tintes de teoría de conspiración y haya quien vea cortinas de humo en el asunto. Por más que Televisa se pare el cuello y el gobierno aproveche la coyuntura. Quisiera decir que se me chispoteó, pero ya saben que yo como digo una cosa digo otra. Es como todo, hay cosas que ni qué. ¿Tengo o no tengo razón?