Australadas

Siempre tenemos parís V

El chef superestrella Anthony Bourdain sostiene en su programa The Layover, que lo que uno debe evitar cuando anda en la Ciudad Luz son los lugares comunes, los sitios que se supone son obligados y a los que todo mundo acude. Y agrega que el error más habitual en París es llegar con mil y un planes por llevar a cabo, para acabar descubriendo que el tiempo jamás será suficiente. En la emisión también presenta a varios parisinos que invitan a visitar la capital francesa casi sin equipaje, con la actitud de salir vestidos de ahí.

Será el sereno, pero en invierno es inevitable llegar forrado cual botarga y más cuando el frijolito cala los huesos. Y en cuanto a los sitios imperdibles, nadie en su sano juicio puede sustraerse de conocer el Museo de Louvre. Por eso la banda, incluido este Fulano, recalamos en el santuario de obras de arte más célebre del planeta. En medio de hordas de extranjeros que hacían lo propio, nos dimos un quien vive con siglos de creación tratando de aprovechar las horas al máximo.

Sé de gente que invierte varios días recorriéndolo, pero en nuestro caso la idea era, por lo menos, asomarnos a lo más significativo del sitio. Por ello dimos cuenta de la Venus de Milo, obra que impactó tanto a mi señora que nos condujo a ver la parte menos conocida de quien, dicen, comenzó comiéndose las uñas. Prácticamente nadie repara en la espalda de la Venus y es justo, decía La Mengana, la zona que muestra con mayor claridad el paso del tiempo y el deterioro de una obra casi perfecta.

Asistimos al encuentro con La consagración del emperador Napoleón, de Jaques-Louis David, apreciamos con ojos cuadrados El esclavo rebelde, de Miguel Ángel y, del antiguo Egipto, El escriba sentado. Y aunque nos quedamos con las ganas de ver la Victoria alada de Samotracia, pues se encuentra en proceso de restauración, no perdimos oportunidad de descender hasta los cimientos del museo, donde se muestra el aspecto medieval del lugar, en una especie de museo tétrico pero viviente. Y finalmente cedimos ante lo esperado: La Gioconda, ama y señora del museo.

Varias horas después los pies pedían a gritos descanso y un poco de aire, así que optamos por mirar París desde su seno (para ser más precisos desde su Sena), y a bordo de una embarcación vimos una ciudad distinta. Pasamos por debajo del Pont de l´Alma, desde donde pareciera dejarse caer la Torre Eiffel, del Pont Neuf, que en realidad es el más antiguo de todos, y del Pont des Arts, un viejo conocido que la noche anterior vio lanzar a La Mengana y su Fulano una llave desde lo alto.

El Sena es un río mágico por donde se entretejen las historias más maravillosas, quizá por ello sedujo tanto a Cortázar que lo incluyó en Rayuela, o a Woody Allen hasta plasmarlo en Midnight in Paris. Y recorrerlo significa pasear por la arteria más significativa tal vez de toda Europa.

Con el deseo de regresar algún día a su caudal, concluimos el tour para volver a los aposentos donde se imponía preparar la cena para descansar la última noche, pues el viaje estaba concluyendo y sólo quedaba tiempo para hacer maletas y dormitar un poco. No digo demasiado, porque incluso al partir o habiéndola dejado, esta ciudad sigue siendo algo para no olvidar. Por eso insisto, siempre tenemos París.