Australadas

Siempre tenemos París

Dicen los que saben que la parte más emocionante de un viaje son los preparativos. Y que nada se compara con las mariposas en el estómago cuando se acerca la hora de partir. Supongo que quien haya dicho eso no se ha enfrentado al vía crucis de poner todo en orden para andar de pata de perro. Dejar los pagos hechos, los deberes concluidos y resolver los imprevistos que, no importa cuánto se anticipe uno a las cosas, siempre aparecen los cretinos poniendo todo de cabeza.

En estas ando mientras me dispongo a treparme a un avión con destino al otro lado del charco con una misión peliaguda: tomar por asalto la Ciudad Luz en compañía de la banda. Una cosa es andar por la vida como perro sin dueño y otra muy diferente cometer la fuga de la mano de mujer, hijas y hasta suegra. Teniendo como inspiración aquella frase de Nicanor Parra donde asegura no tener ningún inconveniente en meterse en camisa de once varas, salgo en plan familiar tendido cual vil bandido hacia el aeropuerto de la capirucha.

La Niña Verdolaga lleva semanas en cuenta regresiva, preguntando cuánto falta para llegar a Francia, mientras el resto del comando hemos acumulado arrugas, desvelos y una que otra cana (y no precisamente al aire), por la disparatada decisión de dejar nuestros huesos en París en pleno diciembre. Ni hablar, Dios nos hace y gustosos nos juntamos.

Recorriendo tiendas y más tiendas hemos dejado alma, vida y corazón en busca de lo necesario para que nada se olvide, aunque claro está que no faltará algo que se quede en casa. Lo único que espero es que no sea alguno de los miembros del colectivo porque entonces sí ya bailo Berta. Las compras de último momento, es decir de pánico, incluyen trapos gruesos para combatir el frijolito parisino, guantes, bufandas, calcetines gruesos estilo Chimoltrufia y pijamas a prueba de hipotermia.

Nunca antes he estado en París en invierno, pero si la temperatura por allá está tan manchada como en Toluca la fea (aunque dicen los enterados que es más y que incluso ahora está lloviendo), más nos vale ir preparados, porque sabremos lo que es amar a Dios en tierra de franchutes. Por esa razón la Mengana y su Fulano andamos hechos un mar de preocupaciones, y para no sentirnos solitos Agnes y su abuela se solidarizan y ya comienzan a tiritar de frío cada que la Niña Verdolaga dice "bon jour", lo cual ocurre con extraordinaria frecuencia.

Las horas se acumulan y el tiempo implacable juega a hacerse el chistoso y avanza tan rápido que apenas nos ha dado tiempo de hacer maletas, avisarle a los vecinos por si las "flais" y reservar el taxi para caerle al aeropuerto. Todo con tal de llegar a documentar con unas 25 horas de anticipación, no vaya a ser la de malas y perdamos el vuelo.

Para cuando estas líneas vean la luz, el Charles de Gaulle habrá dado la bienvenida a la corte de progesterona de la familia con la venia de Air France. Mientras este fulano que escribe hará lo propio mediando una escala en Frankfurt y con los buenos oficios de los teutones de Lufthansa. La razón: es necesario preservar cierta dosis de salud mental, pues con tantas horas al aire corre peligro el sentido común y aunque la familia es la familia, los pies no se encontrarán sobre la tierra y eso es un riesgo inminente. ¡Que Dios agarre a los parisinos confesados!