Australadas

Series en serio

Para bien o para mal quienes hemos crecido al amparo de la tele, lo que significa la mayoría de los mortales del planeta tierra, por lo menos de tres generaciones para acá, nos definimos por las imágenes que han pasado frente a nosotros. Con el imperio de los seriales de televisión, que no es cosa nueva en el mundo del entretenimiento, se han disparado muchos conceptos que diversifican la oferta y disparan las posibilidades temáticas.

Ciertamente la moda de las series y su aparición en formato digital es hasta cierto punto reciente, pero no demasiado como para que en poco tiempo no se haya consumido una brutal cantidad de tramas, episodios, personajes, gags y mucho más. Aún recuerdo aquella época en la que una jovencísima Cybil Sheppard se daba sus agarrones en una tensión de comedia romántica con el casi ilustre desconocido Bruce Willis en el culebrón llamado Luz de luna, que para los amantes de la nostalgia llegó al formato DVD hace algunos años.

Pero más reciente y sin tener que alimentar el olvido que suele estar lleno de memoria, la fantasía y el deseo de ser otro por treinta o sesenta minutos se ha apropiado incluso de los más bragados. De todo hay en la viña del señor, la ironía decadente de Three and a half men, la aventura de Smalville, los deseos insatisfechos de la adolescencia con The diaries of a vampire, la compleja vida de una madre soltera con The client list, y la nómina podría engrosar esta y otras seis o siete columnas más.

Pero en recientes fechas me parece que hay dos conceptos que han dado mucho de sí por la narrativa que ostentan, aunque en opuestos modos de abordar el entretenimiento. The Big Bang Theory es un despliegue generoso e implacable de humor ácido, de recursos donde la inteligencia se apodera del set y una estupenda serie de guiones que han ido superando a sus episodios previos.

La teoría del big bang es imperdible si se quiere estar al tanto del mundillo geek y las peripecias de un grupo de nerds por tratar de comprender cuanto les rodea, y al mismo tiempo buscar insertarse en ese contexto, sin por ello perder su naturaleza ñoña. Con una magnífica producción que no requiere de efectos especiales ni pirotecnia sofisticada, se ha convertido en la comedia de situación más celebrada de los últimos años.

Y en el extremo opuesto aparece Breaking bad. Se trata de una serie que aunque ha dejado de producirse pues cerró su ciclo de vida, continúa cimbrando las percepciones de los espectadores con los recursos de un drama sin igual. La vida de un profesor de química que ante la noticia de saberse enfermo de cáncer de pulmón en fase terminal, decide dejar a su familia un patrimonio construido a partir de la producción y tráfico de meta anfetaminas.

La serie de problemas que se derivan de este cambio en el estilo de vida del protagonista son de llamar la atención y conmueven de forma tal que uno va entendiendo la evolución del personaje central y de quienes conforman su entorno, pasando continuamente de la simpatía ante ciertas situaciones, a la franca repulsión, lo que sin duda alguna otorga un sentido de credibilidad mucho más cercano al sinsentido que día a día se vive en el mundo real, por más que muchos prefieran divertirse evadiendo del presente con comedias y otros lo afronten cínicamente con dramas como éste, que por si fuera poco tiene una banda sonora que por sí sola vale el boleto, o la serie, vamos.