Australadas

Scrapbook

¿Digo, digo una verdad? Siempre me ha gustado el chisme cachetón. Y aunque profesionalmente la vocación se disfraza de labor periodística, la neta del planeta es que enterarse de la vida y obra de los demás es todo un deleite. Claro, siempre y cuando la existencia de dicho ente sea, de menos, antojable. Eso me ha pasado con varios personajes de la "histeria" de la humanidad. En algunos casos tienen anécdotas para provocar toda una novela y en otros sus biógrafos son sus mejores agentes publicitarios. Como quiera que sea, se agradece que la ficción supure a la realidad cuando no es vendible. O que la ficción se quede corta. Como le ocurrió al personaje de cuyo libro de recortes quedé prendado.

Por razones que no viene a cuento compartir, llegó a mis manos hace unos ocho años "The Jim Morrison scrapbook", un texto cuya curaduría corrió a cargo de James Henke, melómano tirando a musicópata que ha estado cerca de sus Satánicas Majestades y de Elektra Records (la disquera con la que grabó El Rey Lagarto sus fechorías sonoras al lado de Los Doors). Se trata de un libraco de grueso calibre, pesado y lleno de fotografías, de textos alusivos a Morrrison y de muchos recortitos que ilustran la vida y obra de este pintoresco y volátil personaje.

El asunto comienza con un disco que condensa un par de entrevistas de principios de los 70, donde el Dionisio del rock and roll se da vuelo platicando de sus teorías sobre el arte escénico, la literatura, los excesos, la vida y, por supuesto, la muerte. A partir de ahí comienza un viaje psicodélico (nunca mejor dicho) por las tripas de la existencia de Jim. Desde una boleta de kínder con comentarios dados por la maestra y rubricados por la madre del cantante, hasta el primer poema documentado "The pony express", mítico lugar común de todo aquel que se haya acercado un poco, demasiado, a la adicción que provoca el líder de Las Puertas.

De ahí a la vida como poeta consumado (y consumido en sí mismo), la del cantante, que sin saber cantar alcanzó esferas inusitadas; la del amante, en especial de su musa peliroja Pamela Courson; a la de la estrella del pop, medían un par de cientos de hojas repletas de reproducciones a color y simulando la imagen original bañada por el tiempo con tonos ocre, ya sea de puño y letra del rock star o bien con fotografías perfectamente restauradas, en una labor que merecería mejores resultados que los de la difusión de un entusiasta obsesivo compulsivo que escribe un artículo sobre una referencia contracultural.

Como quiera que sea ahí está el recurso, que como suele suceder, lleva a otras lecturas y a muchos otros encuentros y desencuentros. Ahí están los seis discos de estudio: "The Doors", "Strange days", "The soft parade", "Morrison Hotel", "Waiting for the sun" y "L.A. Woman". Ello sin demeritar la enorme cantidad de discos en directo que constantemente se publican y que encuentran su máxima expresión en "The Doors In concert". Además de "The Doors Box Set", cuatro discos imperdibles con rarezas, joyas en directo y uno que otro guiño para los iniciados. La historia sigue escribiéndose, a casi cincuenta años de haber comenzado. Quizá porque hasta ahora a nadie se le ha ocurrido, afortunadamente, cerrar las puertas de par en par.