Australadas

Rebeldones y malditos

Una epifanía inversamente proporcional a la que se experimenta cuando se descubre el valor de ser contreras, es la que aparece con la sospecha de que todo acto contestatario es parte del mismo sistema que cuestiona. Es entonces cuando se aproxima el fin de las ideologías y la certeza de que a todo se lo ha cargado el payaso, pues lo que parecía contestatario no es sino una estratagema del establishment para legitimar la inconformidad.

Uno, que se creía rebelde de coraza, alcanzó el grado de cancha reglamentaria leyendo al Marqués de Sade, a William Blake, Baudelaire, Rimbaud, Nietzsche, Sartre, Kerouac, Bourroughs y toda la bola de rufianes que son el lugar común de la transgresión, solo para confirmar, años más tarde, que la tan mentada contracultura es en sí misma una institución seductora y rentable.

Tal vez sea la irresistible vocación por bautizar mitos y ponerlos al alcance de las masas, resiginificándolos y dejándolos libres de vestigios contextuales, lo que garantice el éxito de la rebeldía como objeto, o quizá su carácter reivindicador de justicia social lo que hace atractivo el tema, lo cierto es que el tiempo pasa y sigue siendo tan eficaz como hace 50 años.

De esto se encarga la literatura, particularmente la ligada al rock y, en general, a las industrias culturales. Para documentar el pesimismo ahí esta Rebelarse vende, el negocio de la contracultura, de Heat y Potter, o Cultura y simulacro de Baudrillard, poniendo el dedo en la yaga y haciendo enfurecer a los reaccionarios más cándidos debido a una especie de sospechosismo en grado de paranoia.

Por el lado menos crítico pero igualmente ilustrativo hay un par de estupendos textos que son pródigos en imágenes e historias, en las cuales la sociedad del espectáculo se recrea con el influjo de sus excesos, mientras pierde de vista el fondo mediante la forma.

El primero es La Babilonia del rock and roll, de Gary Hermann, donde se documenta el caudal de volatilidades, efluvios y excrecencias de los sospechosos comunes del show business. De las manías epidérmicas de Michael "The Wacko" Jackson, hasta la tragedia venida a culebrón televisivo de la vida, muerte y resurrección mercadológica de Kurt Cobain; sin olvidar el imperio de las drogas, los escándalos sexuales y las demoliciones de todo cuanto alrededor de una estrella pop se edifica.

El segundo libraco sobre el tema en cuestión es un imperdible: El gran circo del rock, de Xavier Valiño, toda una experiencia documentada sobre excesos, vicios, escándalos, falsos mitos, grupos ficticios, momentos cruciales y demás coyunturas sobre los monstruos de la melomanía de ayer y de no tan ayer.

Y como donde caben dos caben tres, para complementar el numerito está Linaje de malditos, de Sade a Jim Morrison, de la pluma de Mario Campaña, que ejemplifica como ningún otro esa cara de la rebeldía por la que resulta capitalizable ser todo un transgresor consumado.

Ciertamente el riesgo de clavarse en la textura de estos materiales es convertirse en víctima de lo mismo que se cuestiona, o caer en la miopía de taller y perder de vista el bosque al estar demasiado cerca del árbol. Sin embargo, es un riesgo que vale la pena ante la ventaja de perder la ingenuidad y volverse un cínico del rock and roll. Total, qué tanto es tantito, maldito.